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Martillo y pluma cayendo al mismo tiempo en la Luna

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Brava comparación —dijo Sancho—, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

Cervantes “El Ingenioso hidalgo…”

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Gabriel García Márquez (In memoriam)

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Si en el mundo hubiera sólo 100 personas…

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Si en el mundo hubiera sólo 100 personas…

(Fuente: factoides)

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Ciudad De La Justicia / Magüi González, José Antonio Sosa, Miguel Santiago
afaundez, plataformaarquitectura.cl
Arquitectos: Magüi González, José Antonio Sosa , Miguel SantiagoUbicación: Calle Málaga, 2, 35016 Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas, EspañaÁrea: 89700 mt2Año: 2013Fotografías: Roland Halbe…

Ciudad De La Justicia / Magüi González, José Antonio Sosa, Miguel Santiago
afaundez, plataformaarquitectura.cl

Arquitectos: Magüi González, José Antonio Sosa , Miguel Santiago
Ubicación: Calle Málaga, 2, 35016 Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas, España
Área: 89700 mt2
Año: 2013
Fotografías: Roland Halbe

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Middle Earth Travel Posters - Created by The Green Dragon Inn

Prints are available for sale on Etsy.

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#Granaderos #marrajos #cartagena #cartagenadelevante #espiritugranadero

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joludi:

Mysterium.
Cuando yo era niño me impresionaban mucho todas esas liturgias pascuales que tienen lugar en estas fechas y que realidad son perfectamente comprensibles desde el punto de vista antropológico, pues al fin y al cabo no son sino ritos apotropaicos para conjurar el pavor respecto a la Muerte. Hoy lo veo todo con comprensión.
El caso es que al niño que fui, tan perplejo ante todo, le parecían sumamente misteriosas aquellas siniestras procesiones que llenaban las calles. Además, yo oía decir a los mayores que eran los “misterios de la Semana Santa”, por lo que esa expresión confirmaba mi sensación de que aquello era en verdad misterioso.
¿Misterioso? ¿Cómo que “misterioso”? A su vez ese término me parecía particularmente extraño en un mundo, como el de la religión, en el que yo veía que todo se nos presentaba como ciertísimo, clarísimo, dogmático, indiscutible y verdadero de toda verdad. ¿Cómo que misterioso, entonces?
Con el tiempo he comprendido que la clave del misterioso misterio era simplemente, como suele ocurrir, una traducción más bien errónea.
La palabra misterio, en griego antiguo, no implicaba la idea de algo inexplicable, sino de algo de lo que no se debía hablar, lo que es muy distinto. Se derivaba del verbo griego muo o mio, que significa enmudecer, callar. Era un término onomatopéyico, pues el propio acto de pronunciar el sonido m nos obliga a cerrar la boca. Algo ha quedado de esta idea entre nosotros. No decir ni mu es estar más mudo que mudo, en cierto modo.
Ahora, bien, entre los griegos, eran comunes ciertos ritos o liturgias secretas, que por ser propias de iniciados, exigían a los participantes un sigilo exquisito. Esto hizo que la palabra misterio acabase significando en griego no tanto la obligación de enmudecer, sino la representación o escenificación teatral respecto de la cual se demandaba máximo secreto. 
Sin embargo, el término mysterion, al pasar al latín, como mysterium, y de ahí a las lenguas romances, lo hizo con la exclusiva connotación de cosa inexplicable, perdiendo el elemento “teatral” y “secretista” que era inherente al vocablo original griego.
Así que los traductores al latín y romances de los textos bíblicos no fueron suficientemente buenos como para captar el matiz “teatral” del misterio griego. Y crearon un lío morrocotudo. Porque aunque quien conozca bien el origen de la palabra (como los teólogos y autores de liturgias) saben que al utilizar misterio solo se refieren a una especial ceremonia, sin especiales enigmas, para el común de los mortales, en cambio, la palabra misterio es…pues eso, misteriosa. Como me ocurría a mí al escucharla cuando era niño y oía al cura decir eso de “vamos a celebrar los sagrados misterios…”
Pero es que incluso el error de traducción ha tenido interesantes consecuencias en el campo estricto de la teología. Hay un tema fascinante que es la noción de “mysterium iniquitatis”, que San Pablo menciona en una de sus epístolas (la segunda a los Tesalonicenses). Esa expresión se ha visto como una extraña referencia al Mal (o Iniquidad) en el mundo, que en verdad es algo misterioso para los creyentes en un Dios bueno y todopoderoso. Pero en realidad, es casi seguro que San Pablo no se refería a eso. Más posiblemente se estaba refiriendo a algo mucho más inquietante, a mi juicio, y mucho más escalofriante. Sí, todo indica que San Pablo, en coherencia con el significado preciso de la expresión griega que utilizó en esa epístola, se refería a algo así como la representación, la escenificación final del Mal en el seno de la Iglesia, entendida como un paso previo para el retorno de Cristo al mundo. Esta interpretación es exactamente la que hace San Agustín y antes que él Ticonio, en quien el de Hipona se inspiró tan a menudo para su obra maestra, la Ciudad de Dios. El Mysterium Iniquitatis de San Pablo es, sin ninguna duda prácticamente, la escenificación de la actividad del Anticristo…en el seno de una Iglesia que es, a la vez, fusca et decora (como reza el Cantar de los Cantares), o sea, oscura y brillante, permixta, mezclada de bien y de mal.
De esa naturaleza dual de la Iglesia (y quizá de toda obra humana) habla estos días Bergoglio, que reconoce por fin el tremendo alcance de la pederastia entre sus filas. Solo le falta decir justamente a este Papa excepcional, que estamos viviendo el verdadero Mysterium Iniquitatis paulino, en su fase final. Pero eso ya lo sugirió  en cierto modo  y sin palabras, su predecesor al tomar esa portentosa decisión de dimitir. Si alguien tiene dudas a este respecto, yo le recomiendo que consulte un largo y sesudo artículo publicado en 1956 por un joven teólogo de 30 años, en la Revue des Etudes Augustiniennes. Es un artículo titulado “Beobachtungen zum Kirchenbegriff des Tyconius im Liber Regularum” y en el se plantea esta concepcion ticoniana y agustiniana del Misterio del Mal como lo que en realidad es, es decir, la representación teatral, la escenificación (mysterium) de la actividad del Anticristo…del Mal operante en el seno de la Iglesia. En particular, el autor del artículo centraba su atención en la séptima de las Reglas de Ticonio, justamente aquella que se titula “De diabolo et eius corpore”, y en la que se describe la doctrina del “corpus bipartitum” de la Iglesa, de su lado diestro y siniestro. 
Pues bien, el joven autor de ese artículo sobre Ticonio y sobre el verdadero Misterio del Mal y el Anticristo en la Iglesia se llamaba, mira por dónde, Joseph Ratzinger.
 

joludi:

Mysterium.

Cuando yo era niño me impresionaban mucho todas esas liturgias pascuales que tienen lugar en estas fechas y que realidad son perfectamente comprensibles desde el punto de vista antropológico, pues al fin y al cabo no son sino ritos apotropaicos para conjurar el pavor respecto a la Muerte. Hoy lo veo todo con comprensión.

El caso es que al niño que fui, tan perplejo ante todo, le parecían sumamente misteriosas aquellas siniestras procesiones que llenaban las calles. Además, yo oía decir a los mayores que eran los “misterios de la Semana Santa”, por lo que esa expresión confirmaba mi sensación de que aquello era en verdad misterioso.

¿Misterioso? ¿Cómo que “misterioso”? A su vez ese término me parecía particularmente extraño en un mundo, como el de la religión, en el que yo veía que todo se nos presentaba como ciertísimo, clarísimo, dogmático, indiscutible y verdadero de toda verdad. ¿Cómo que misterioso, entonces?

Con el tiempo he comprendido que la clave del misterioso misterio era simplemente, como suele ocurrir, una traducción más bien errónea.

La palabra misterio, en griego antiguo, no implicaba la idea de algo inexplicable, sino de algo de lo que no se debía hablar, lo que es muy distinto. Se derivaba del verbo griego muo o mio, que significa enmudecer, callar. Era un término onomatopéyico, pues el propio acto de pronunciar el sonido m nos obliga a cerrar la boca. Algo ha quedado de esta idea entre nosotros. No decir ni mu es estar más mudo que mudo, en cierto modo.

Ahora, bien, entre los griegos, eran comunes ciertos ritos o liturgias secretas, que por ser propias de iniciados, exigían a los participantes un sigilo exquisito. Esto hizo que la palabra misterio acabase significando en griego no tanto la obligación de enmudecer, sino la representación o escenificación teatral respecto de la cual se demandaba máximo secreto. 

Sin embargo, el término mysterion, al pasar al latín, como mysterium, y de ahí a las lenguas romances, lo hizo con la exclusiva connotación de cosa inexplicable, perdiendo el elemento “teatral” y “secretista” que era inherente al vocablo original griego.

Así que los traductores al latín y romances de los textos bíblicos no fueron suficientemente buenos como para captar el matiz “teatral” del misterio griego. Y crearon un lío morrocotudo. Porque aunque quien conozca bien el origen de la palabra (como los teólogos y autores de liturgias) saben que al utilizar misterio solo se refieren a una especial ceremonia, sin especiales enigmas, para el común de los mortales, en cambio, la palabra misterio es…pues eso, misteriosa. Como me ocurría a mí al escucharla cuando era niño y oía al cura decir eso de “vamos a celebrar los sagrados misterios…”

Pero es que incluso el error de traducción ha tenido interesantes consecuencias en el campo estricto de la teología. Hay un tema fascinante que es la noción de “mysterium iniquitatis”, que San Pablo menciona en una de sus epístolas (la segunda a los Tesalonicenses). Esa expresión se ha visto como una extraña referencia al Mal (o Iniquidad) en el mundo, que en verdad es algo misterioso para los creyentes en un Dios bueno y todopoderoso. Pero en realidad, es casi seguro que San Pablo no se refería a eso. Más posiblemente se estaba refiriendo a algo mucho más inquietante, a mi juicio, y mucho más escalofriante. Sí, todo indica que San Pablo, en coherencia con el significado preciso de la expresión griega que utilizó en esa epístola, se refería a algo así como la representación, la escenificación final del Mal en el seno de la Iglesia, entendida como un paso previo para el retorno de Cristo al mundo. Esta interpretación es exactamente la que hace San Agustín y antes que él Ticonio, en quien el de Hipona se inspiró tan a menudo para su obra maestra, la Ciudad de Dios. El Mysterium Iniquitatis de San Pablo es, sin ninguna duda prácticamente, la escenificación de la actividad del Anticristo…en el seno de una Iglesia que es, a la vez, fusca et decora (como reza el Cantar de los Cantares), o sea, oscura y brillante, permixta, mezclada de bien y de mal.

De esa naturaleza dual de la Iglesia (y quizá de toda obra humana) habla estos días Bergoglio, que reconoce por fin el tremendo alcance de la pederastia entre sus filas. Solo le falta decir justamente a este Papa excepcional, que estamos viviendo el verdadero Mysterium Iniquitatis paulino, en su fase final. Pero eso ya lo sugirió  en cierto modo  y sin palabras, su predecesor al tomar esa portentosa decisión de dimitir. Si alguien tiene dudas a este respecto, yo le recomiendo que consulte un largo y sesudo artículo publicado en 1956 por un joven teólogo de 30 años, en la Revue des Etudes Augustiniennes. Es un artículo titulado “Beobachtungen zum Kirchenbegriff des Tyconius im Liber Regularum” y en el se plantea esta concepcion ticoniana y agustiniana del Misterio del Mal como lo que en realidad es, es decir, la representación teatral, la escenificación (mysterium) de la actividad del Anticristo…del Mal operante en el seno de la Iglesia. En particular, el autor del artículo centraba su atención en la séptima de las Reglas de Ticonio, justamente aquella que se titula “De diabolo et eius corpore”, y en la que se describe la doctrina del “corpus bipartitum” de la Iglesa, de su lado diestro y siniestro. 

Pues bien, el joven autor de ese artículo sobre Ticonio y sobre el verdadero Misterio del Mal y el Anticristo en la Iglesia se llamaba, mira por dónde, Joseph Ratzinger.

 

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joludi:

Decidir, elegir.

En la Antigüedad no estaba nada claro lo del “derecho a decidir”. En realidad, la misma idea de decidir por uno mismo era, entre los primeros cristianos, y en sí mismo algo peligroso, herético. Porque, como es bien sabido, herejía significaba eso precisamente, decidir, separarse, a partir del verbo griego aireo (un verbo cuyo eco también encontramos en palabras como diéresis, que viene a significar elegir entre dos vocales de un diptongo, separarlas por tanto)
En realidad, aireo no tenía una connotación negativa al principio. En los textos evangélicos, por ejemplo, el verbo aireo,en sus diferentes formas, aparece frecuentemente como simple sinónimo de optar o escoger. Sin más. Más tarde, cuando la Iglesia ya está formada como poderosa institución social, es cuando la acción de elegir se convierte en peligrosa de por sí. Era inevitable. Y es entonces cuando se usa la palabra “herejía” para calificar el delito de adoptar una postura distinta a la general. Y para conjurar, con un término que adquiere connotaciones terribles, la vorágine de opciones y elecciones, a cual más peculiar, que surgían a cada instante en cada rincón de aquel mundo en ciernes de cristianización y sometido a poderosísimas fuerzas centrífugas.
Pocas cosas más entretenidas que echar un vistazo breve a la historia de las herejías, es decir, a la historia del derecho a decidir en el ámbito de la religión cristiana. Un vistazo breve a aquellos oscuros tiempos que van desde el siglo I hasta el XI. 
Podríamos empezar por ejemplo con los Simoniacos, cuyo líder, Simón el Mago, se eleva hacia el cielo de Roma, en un prodigio taumatúrgico hasta que San Pedro toma medidas y lo baja bruscamente al suelo, rompiéndole las piernas. Podríamos seguir con los Emerobatistas, que pasaban el día entero sumergidos en el agua bautismal, lo que les venía muy bien “para aprovechar y lavar vestidos y cuerpo”. Luego tendríamos que fijarnos en los Carpocracianos, para los cuales Dios debería tener la apariencia de un asno. O los Basilidianos, que adoraban a los puerros y a las cebollas. O los Dactilorinquitos, que andaban por el mundo con el dedo índice permanentemente en la boca, sugiriendo la necesidad de mantener un silencio absoluto y eterno. O los Sacoforos, que rezaban agitando un dedo en el aire para desorientar al demonio, siempre al acecho. O los Etnófronos, que trataban de comunicarse con Jesucristo y adivinar el futuro mediante interrogatorios formales al queso (desconozco qué variedad)…Y así sucesivamente. No existe historia más fascinante que la historia de las herejías. La historia de los que se empeñaban en ser diferentes, en decidir por sí mismos, en salir del cauce común.

joludi:

Decidir, elegir.

En la Antigüedad no estaba nada claro lo del “derecho a decidir”. En realidad, la misma idea de decidir por uno mismo era, entre los primeros cristianos, y en sí mismo algo peligroso, herético. Porque, como es bien sabido, herejía significaba eso precisamente, decidir, separarse, a partir del verbo griego aireo (un verbo cuyo eco también encontramos en palabras como diéresis, que viene a significar elegir entre dos vocales de un diptongo, separarlas por tanto)

En realidad, aireo no tenía una connotación negativa al principio. En los textos evangélicos, por ejemplo, el verbo aireo,en sus diferentes formas, aparece frecuentemente como simple sinónimo de optar o escoger. Sin más. Más tarde, cuando la Iglesia ya está formada como poderosa institución social, es cuando la acción de elegir se convierte en peligrosa de por sí. Era inevitable. Y es entonces cuando se usa la palabra “herejía” para calificar el delito de adoptar una postura distinta a la general. Y para conjurar, con un término que adquiere connotaciones terribles, la vorágine de opciones y elecciones, a cual más peculiar, que surgían a cada instante en cada rincón de aquel mundo en ciernes de cristianización y sometido a poderosísimas fuerzas centrífugas.

Pocas cosas más entretenidas que echar un vistazo breve a la historia de las herejías, es decir, a la historia del derecho a decidir en el ámbito de la religión cristiana. Un vistazo breve a aquellos oscuros tiempos que van desde el siglo I hasta el XI. 

Podríamos empezar por ejemplo con los Simoniacos, cuyo líder, Simón el Mago, se eleva hacia el cielo de Roma, en un prodigio taumatúrgico hasta que San Pedro toma medidas y lo baja bruscamente al suelo, rompiéndole las piernas. Podríamos seguir con los Emerobatistas, que pasaban el día entero sumergidos en el agua bautismal, lo que les venía muy bien “para aprovechar y lavar vestidos y cuerpo”. Luego tendríamos que fijarnos en los Carpocracianos, para los cuales Dios debería tener la apariencia de un asno. O los Basilidianos, que adoraban a los puerros y a las cebollas. O los Dactilorinquitos, que andaban por el mundo con el dedo índice permanentemente en la boca, sugiriendo la necesidad de mantener un silencio absoluto y eterno. O los Sacoforos, que rezaban agitando un dedo en el aire para desorientar al demonio, siempre al acecho. O los Etnófronos, que trataban de comunicarse con Jesucristo y adivinar el futuro mediante interrogatorios formales al queso (desconozco qué variedad)…Y así sucesivamente. No existe historia más fascinante que la historia de las herejías. La historia de los que se empeñaban en ser diferentes, en decidir por sí mismos, en salir del cauce común.

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“Por mucho que un hombre haya definido bien su esquema de vida, lo cierto es que las circunstancias, los años, la experiencia…acaban por introducir un nuevo elemento y enseñar nuevas lecciones. Descubres que no sabes lo que creías que sabías y ahora desprecias aquello que antes creías de primera necesidad. Eso es lo que me ha pasado a mí. El estilo duro de vida al que hasta ahora estaba habituado, es algo a lo que renuncio cuando ya mi carrera está casi completada. ¿Y esto por qué? Pues porque la dureza misma de la vida me ha enseñado que no hay otras cualidades mejores en un hombre que la dulzura de carácter y la tolerancia” (“…id quam ob rem? re ipsa repperi facilitat nil esse homini melius neque clementia”)

Terencio (Adelphos)

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joludi:

Enredando.
Mientras estamos sentados en una terraza, bajo el tímido sol de primeros de Abril, hablábamos Antonio y yo de la albahaca y de su extraña singularidad entre todas las especies. No hay otra planta aromática, tal vez, cuyo perfume penetre implacable hasta los abismos del alma, se diría, tan profundamente como esta enredadera de la que el hombre ha disfrutado gozosamente, desde hace miles de años para convertir en manjar el más simple de los alimentos. 

Tal vez por ese poder penetrante, la tradición asocia esta especie al amor y a la cabeza, como en el célebre y bellísimo cuento italiano de Lisabetta, y aquel cráneo enterrado en una maceta que ella riega con sus lágrimas. Y también se dice a menudo que la etimología, de evidentes connotaciones árabes, al habaq, confirma esta idea de que la albahaca es algo que penetra o sube hasta lo más profundo. Eso se dice, por ejemplo, en Covarrubias.  Pero todo eso no es ni exacto ni suficiente, como suele ocurrir con lo que nos cuentan los etimólogos.

Si decidimos seguir obstinadamente la pista al término, y no nos conformamos con quedarnos en el elemental hecho de que también los hispanoárabes llamaban habaq a la albahaca, iniciamos un largo camino que, atravesando el hebreo, nos va a llevar hasta el antiquísimo lenguaje de los acadios, que ya llamaban habacuc, hace 5000 años, a esta hierba fragante, tal vez utilizando un término común para todas las hiedras y enredaderas. Y el hecho de que el origen etimológico de la palabra se remonte a Mesopotamia es por cierto coherente con lo que nos indica la botánica, que identifica la madre patria de la albahaca con las zonas húmedas o subtropicales de Persia, no muy lejos de la tierra de los dos ríos.

Ahora bien, habacuc también, y predominantemente, significa en acadio “abrazo” (y lo mismo ocurre en hebreo, con pequeñas variaciones, recordemos que Lutero traduce el nombre del profeta bíblico Habaccuc como “abrazador”, herzer, precisamente). Y este significado principal del término acadio resulta un tanto enigmático. ¿Qué puede tener que ver la albahaca, y las hiedras en general con la noción de “abrazo”?  ¿Hemos encontrado el verdadero origen etimológico de habaq o es irrelevante la polisemia acádica de la albahaca/hiedra y la noción de abrazo?

Obviamente tiene mucho que ver. No solo porque la palabra hiedra está propiamente relacionada, en su origen latino, con la idea de presa o aprensión (hedera, praheda, perdedor, aprehensión…). Basta que demos un salto desde la etimología a la literatura o la poesía. Porque hay pocos símiles en las letras universales tan frecuentes como el que compara la forma en la que las hiedras se enredan en los árboles con el abrazo amoroso de los amantes. Catulo, Horacio, Ovidio, Ariosto, Herrera, Pacheco, Lope, Calderón, Quevedo, Milton, Rueda, García Lorca…Todos ellos han querido ver en la hiedra el emblema de la pasión que anuda hasta el límite el uno con el otro y enreda sin remedio los corazones, y los cerebros, las almas, de los amantes. 

“…su mente con el amor atando, como la tenaz hiedra, aquí y allá, su árbol estrecha, errante…” nos dice Cátulo.  “Mira estas hiedras, que con tiernos lazos…dan a estos verdes álamos abrazos…” nos dice Lope. “Cuando te abrazo, asáltame la idea de ser hiedra que oprime a una escultura”, nos cuenta Rueda. “Deja que en tiernos abrazos hiedra a este tronco sea”, escribe Calderón. Milton compara en su Paraíso los rizos de Eva, con las volutas de la enredadera y los abrazos amorosos. Ariosto nos explica en el Orlando Furioso que los abrazos de los amantes pueden llegar a ser incluso más estrechos que el abrazo que da la hiedra al tronco (“non cosi strettamente edera preme pianta ove intorno abbarbicata s’abbia, come si stringono li due amante insieme…”. Federico también evoca a menudo el abrazo de la hiedra báquica y se hace eco del mito de Dionisos y su báculo fálico en el que se va retorciendo la enredadera. En fin, la lista de referencias literarias sería interminable. Y no es preciso copiarla in extenso, pecando de erudición innecesaria, para entender que el enigma de la albahaca y su relación etimológica con el alma y los abrazos amorosos queda ya razonablemente resuelto. La albahaca es la especie que abraza el alma de quien la huele, como se abrazan dos amantes. Así de simple. Podemos quedarnos tranquilos y satisfechos tras la excursión etimológica y disfrutar, por ejemplo, escuchando el maravilloso tema de Violeta Parra que nos habla, mira por dónde, de la hiedra que se va enredando, enredando en el muro…Enredando como el amor. Enredando como el lenguaje.

joludi:

Enredando.

Mientras estamos sentados en una terraza, bajo el tímido sol de primeros de Abril, hablábamos Antonio y yo de la albahaca y de su extraña singularidad entre todas las especies. No hay otra planta aromática, tal vez, cuyo perfume penetre implacable hasta los abismos del alma, se diría, tan profundamente como esta enredadera de la que el hombre ha disfrutado gozosamente, desde hace miles de años para convertir en manjar el más simple de los alimentos. 

Tal vez por ese poder penetrante, la tradición asocia esta especie al amor y a la cabeza, como en el célebre y bellísimo cuento italiano de Lisabetta, y aquel cráneo enterrado en una maceta que ella riega con sus lágrimas. Y también se dice a menudo que la etimología, de evidentes connotaciones árabes, al habaq, confirma esta idea de que la albahaca es algo que penetra o sube hasta lo más profundo. Eso se dice, por ejemplo, en Covarrubias.  Pero todo eso no es ni exacto ni suficiente, como suele ocurrir con lo que nos cuentan los etimólogos.

Si decidimos seguir obstinadamente la pista al término, y no nos conformamos con quedarnos en el elemental hecho de que también los hispanoárabes llamaban habaq a la albahaca, iniciamos un largo camino que, atravesando el hebreo, nos va a llevar hasta el antiquísimo lenguaje de los acadios, que ya llamaban habacuc, hace 5000 años, a esta hierba fragante, tal vez utilizando un término común para todas las hiedras y enredaderas. Y el hecho de que el origen etimológico de la palabra se remonte a Mesopotamia es por cierto coherente con lo que nos indica la botánica, que identifica la madre patria de la albahaca con las zonas húmedas o subtropicales de Persia, no muy lejos de la tierra de los dos ríos.

Ahora bien, habacuc también, y predominantemente, significa en acadio “abrazo” (y lo mismo ocurre en hebreo, con pequeñas variaciones, recordemos que Lutero traduce el nombre del profeta bíblico Habaccuc como “abrazador”, herzer, precisamente). Y este significado principal del término acadio resulta un tanto enigmático. ¿Qué puede tener que ver la albahaca, y las hiedras en general con la noción de “abrazo”?  ¿Hemos encontrado el verdadero origen etimológico de habaq o es irrelevante la polisemia acádica de la albahaca/hiedra y la noción de abrazo?

Obviamente tiene mucho que ver. No solo porque la palabra hiedra está propiamente relacionada, en su origen latino, con la idea de presa o aprensión (hedera, prahedaperdedoraprehensión…). Basta que demos un salto desde la etimología a la literatura o la poesía. Porque hay pocos símiles en las letras universales tan frecuentes como el que compara la forma en la que las hiedras se enredan en los árboles con el abrazo amoroso de los amantes. Catulo, Horacio, Ovidio, Ariosto, Herrera, Pacheco, Lope, Calderón, Quevedo, Milton, Rueda, García Lorca…Todos ellos han querido ver en la hiedra el emblema de la pasión que anuda hasta el límite el uno con el otro y enreda sin remedio los corazones, y los cerebros, las almas, de los amantes. 

“…su mente con el amor atando, como la tenaz hiedra, aquí y allá, su árbol estrecha, errante…” nos dice Cátulo.  “Mira estas hiedras, que con tiernos lazos…dan a estos verdes álamos abrazos…” nos dice Lope. “Cuando te abrazo, asáltame la idea de ser hiedra que oprime a una escultura”, nos cuenta Rueda. “Deja que en tiernos abrazos hiedra a este tronco sea”, escribe Calderón. Milton compara en su Paraíso los rizos de Eva, con las volutas de la enredadera y los abrazos amorosos. Ariosto nos explica en el Orlando Furioso que los abrazos de los amantes pueden llegar a ser incluso más estrechos que el abrazo que da la hiedra al tronco (“non cosi strettamente edera preme pianta ove intorno abbarbicata s’abbia, come si stringono li due amante insieme…”. Federico también evoca a menudo el abrazo de la hiedra báquica y se hace eco del mito de Dionisos y su báculo fálico en el que se va retorciendo la enredadera. En fin, la lista de referencias literarias sería interminable. Y no es preciso copiarla in extenso, pecando de erudición innecesaria, para entender que el enigma de la albahaca y su relación etimológica con el alma y los abrazos amorosos queda ya razonablemente resuelto. La albahaca es la especie que abraza el alma de quien la huele, como se abrazan dos amantes. Así de simple. Podemos quedarnos tranquilos y satisfechos tras la excursión etimológica y disfrutar, por ejemplo, escuchando el maravilloso tema de Violeta Parra que nos habla, mira por dónde, de la hiedra que se va enredando, enredando en el muro…Enredando como el amor. Enredando como el lenguaje.

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jmyuste:

(vía alberto montt: -132)

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joludi:

“Servidor de usté.”
De pequeño, cuando empecé a captar la forma en la que los mayores usaban el lenguaje, recuerdo que me llamaba mucho la atención esa extraña expresión. ¿Cómo que “servidor de usté”? ¿por qué tendríamos que decirle a nadie que somos nada menos que sus “servidores”, como si fuésemos sus chachas? ¿Y que era eso de tener que responder con la palabra “¡servidor!” cuando alguien mencionaba nuestro nombre? Esas expresiones del lenguaje adulto le parecían a mi alma de niño extrañas, chuscas, incomprensibles…Ahora ya no se usa mucho eso de “servidor”. Quizá es una muestra más de la evolución democratizante en la esfera del lenguaje.  Pero todavía, cuando voy al mercado de abastos (me encantan los mercados de abastos) y pido la vez, compruebo que alguna que otra señora mayor sigue diciendo eso de “¡servidora! Y a mi me rechina la palabra.Sin embargo, si miramos bien, la práctica más o menos humillante de decir cada dos por tres que somos servidores del prójimo subsiste, aunque muchos no se den cuenta de ello.Me estoy refiriendo a la creciente costumbre de usar la expresión “chao” o “chau” como saludo o despedida.Se crea o no, esta expresión, que nos llega a la península sobre todo a través de hablantes de origen argentino y uruguayo, que a su vez proviene del italiano “ciao”, significa justamente eso: “servidor de usté”.Ciao es un apócope de “schiavo”, esclavo. Y “schiavo”, es decir, “aquí me tiene, soy su esclavo” era una expresión cortés que se usaba hace siglos en Italia, especialmente en el norte.Así que cuando alguien dice a otro “chao”, está diciéndole que se siente su esclavo. Qué divertido. Pienso tomarle la palabra al próximo que me lo diga.

joludi:

“Servidor de usté.”

De pequeño, cuando empecé a captar la forma en la que los mayores usaban el lenguaje, recuerdo que me llamaba mucho la atención esa extraña expresión. ¿Cómo que “servidor de usté”? ¿por qué tendríamos que decirle a nadie que somos nada menos que sus “servidores”, como si fuésemos sus chachas? ¿Y que era eso de tener que responder con la palabra “¡servidor!” cuando alguien mencionaba nuestro nombre? Esas expresiones del lenguaje adulto le parecían a mi alma de niño extrañas, chuscas, incomprensibles…
Ahora ya no se usa mucho eso de “servidor”. Quizá es una muestra más de la evolución democratizante en la esfera del lenguaje.  Pero todavía, cuando voy al mercado de abastos (me encantan los mercados de abastos) y pido la vez, compruebo que alguna que otra señora mayor sigue diciendo eso de “¡servidora! Y a mi me rechina la palabra.
Sin embargo, si miramos bien, la práctica más o menos humillante de decir cada dos por tres que somos servidores del prójimo subsiste, aunque muchos no se den cuenta de ello.
Me estoy refiriendo a la creciente costumbre de usar la expresión “chao” o “chau” como saludo o despedida.
Se crea o no, esta expresión, que nos llega a la península sobre todo a través de hablantes de origen argentino y uruguayo, que a su vez proviene del italiano “ciao”, significa justamente eso: “servidor de usté”.
Ciao es un apócope de “schiavo”, esclavo. Y “schiavo”, es decir, “aquí me tiene, soy su esclavo” era una expresión cortés que se usaba hace siglos en Italia, especialmente en el norte.
Así que cuando alguien dice a otro “chao”, está diciéndole que se siente su esclavo. Qué divertido. Pienso tomarle la palabra al próximo que me lo diga.

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joludi:

Genialis Lectus.
Desde que han cambiado la hora oficial (ese otro atropello entre los miles que padecemos), a Marta le cuesta mucho más levantarse. A ella le ha encantado siempre la cama. Y dice que es el invento más genial que conoce. ¿Genial? Le digo que me parece un excelente adjetivo para calificar al lecho. Porque los latinos llamaban genio al dios o diosecillo personalísimo que el destino nos asignaba en el momento de nacer. Era el dios al que se ofrecían presentes y regalos en cada cumpleaños (una costumbre que hemos heredado, aunque no sabemos por qué). Y se llamaba ese dios tutelar o ángel de la guarda precisamente genio, porque se asociaba al lecho en el que cada ser humano es generado y viene a la luz. De modo que el objeto genial por excelencia para aquellos latinos era la cama, el genialis lectus. "et propterea genius meus nominatur, quia me genuit", nos dice Horacio, esto es, "el dios que hizo posible mi nacimiento, se llama genio, por ello". En cierto modo el “genius” personal era la combinación de la fuerza o genio generatriz del padre y de la madre (Iuno, en lo que  respecta a ella). Pero también era mucho más: era el principio que determinaba la entera personalidad o carácter del individuo. Y por eso a ese dios o ángel se le consagraba la frente, no los genitales. De aquí nuestra costumbre de llevarnos la mano a la frente cuando enfrentamos un problema o o no recordamos algo. Son gestos que evocan todavía la petición de ayuda por parte de nuestro ángel guardián, de nuestro genio personal ("unde venerantes tangimus deum frontem", nos dice Servio, "por eso honramos a nuestro dios cuando nos tocamos la frente").
La significación que ha adquirido entre nosotros la palabra genio o genial, se deriva justamente de la relación que los latinos tenían o debían tener con cada uno de sus “Genios”. Al Genio había que concederle todos sus caprichos (“indulgere Genio”), había condescender con él, abandonarse a su voluntad. Y de aquí viene nuestra idea de que lo genial, lo propio del genio es lo extravagante, lo que está por encima de normas o costumbres. No ser indulgente con el Genio era defraudarlo (Genium suum defraudare) y eso era hacer de la vida algo calamitoso, triste, confuso…En cambio, la vida de quien es indulgente con el dios que le ha generado es una vida que mantiene lejos la mirada de la muerte, una vida genial. Genial como la cama, ese invento maravilloso desde el que nacemos al mundo cada mañana. Unos con mas dificultad que otros. Especialmente cuando los condenados prebostes de la globalización se empeñan en cambiarnos hasta la hora en que vivimos.

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Genialis Lectus.

Desde que han cambiado la hora oficial (ese otro atropello entre los miles que padecemos), a Marta le cuesta mucho más levantarse. A ella le ha encantado siempre la cama. Y dice que es el invento más genial que conoce. ¿Genial? Le digo que me parece un excelente adjetivo para calificar al lecho. Porque los latinos llamaban genio al dios o diosecillo personalísimo que el destino nos asignaba en el momento de nacer. Era el dios al que se ofrecían presentes y regalos en cada cumpleaños (una costumbre que hemos heredado, aunque no sabemos por qué). Y se llamaba ese dios tutelar o ángel de la guarda precisamente genio, porque se asociaba al lecho en el que cada ser humano es generado y viene a la luz. De modo que el objeto genial por excelencia para aquellos latinos era la cama, el genialis lectus. "et propterea genius meus nominatur, quia me genuit", nos dice Horacio, esto es, "el dios que hizo posible mi nacimiento, se llama genio, por ello". En cierto modo el “genius” personal era la combinación de la fuerza o genio generatriz del padre y de la madre (Iuno, en lo que  respecta a ella). Pero también era mucho más: era el principio que determinaba la entera personalidad o carácter del individuo. Y por eso a ese dios o ángel se le consagraba la frente, no los genitales. De aquí nuestra costumbre de llevarnos la mano a la frente cuando enfrentamos un problema o o no recordamos algo. Son gestos que evocan todavía la petición de ayuda por parte de nuestro ángel guardián, de nuestro genio personal ("unde venerantes tangimus deum frontem", nos dice Servio, "por eso honramos a nuestro dios cuando nos tocamos la frente").

La significación que ha adquirido entre nosotros la palabra genio o genial, se deriva justamente de la relación que los latinos tenían o debían tener con cada uno de sus “Genios”. Al Genio había que concederle todos sus caprichos (“indulgere Genio”), había condescender con él, abandonarse a su voluntad. Y de aquí viene nuestra idea de que lo genial, lo propio del genio es lo extravagante, lo que está por encima de normas o costumbres. No ser indulgente con el Genio era defraudarlo (Genium suum defraudare) y eso era hacer de la vida algo calamitoso, triste, confuso…En cambio, la vida de quien es indulgente con el dios que le ha generado es una vida que mantiene lejos la mirada de la muerte, una vida genial. Genial como la cama, ese invento maravilloso desde el que nacemos al mundo cada mañana. Unos con mas dificultad que otros. Especialmente cuando los condenados prebostes de la globalización se empeñan en cambiarnos hasta la hora en que vivimos.

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(vía Caminos | JRMora, humor gráfico)

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