joludi:

Togas y togas.

Cuando tengo que quedar en algún sitio con alguien que no conoce Madrid, suelo indicar una cafetería de la céntrica plaza de Colón que tiene el refrescante nombre de Riofrío. Es la única cafetería de la plaza. Y aunque el sablazo está garantizado, es un lugar amplio, confortable y conveniente. No tiene pérdida. Tiene además el valor añadido de ser un lugar con cierta historia. Hay incluso algún libro escrito en torno al establecimiento (concretamente una obra totalmente prescindible de un conocido catedrático de administrativo, y académico).
Al estar situada a solo unos metros del corazón jurídico del Estado (Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de lo Contencioso, Fiscalía General del Estado…) es indudable que si el amplio mostrador de Riofrío pudiese hablar, contaría muchas historias más o menos inconfesables, de esas que hacen dudar sobre la capacidad visual de la vieja y maltratada dama que sostiene a duras penas la inestable balanza. También es muy curioso que en el piso bajo de la mencionada cafetería se encuentre uno de los locales de mala nota más elegantes de la ciudad. Magistrados, letrados y hetairas conviven pues amablemente en las mismas coordenadas geográficas. Unos encima de otras. 
Esta coincidencia de togados y cortesanas le llamó mucho la atención y le hizo sonreir a un buen amigo valenciano con quien tomé un café allí el pasado sábado. Pero le dije que el asunto no tiene mucho de extraño. Por lo menos filológicamente hablando.
Porque ocurre que los antiguos romanos llamaban precisamente togas a las cortesanas. 
Togas, sí. Porque solo las rameras se atrevían a ir vestidas con toga (generalmente togas recortadas por abajo, anticipo de la minifalda). 
Las matronas y mujeres ajenas al ancestral oficio llevaban en Roma siempre estola, jamás toga. 
Hay un hermoso poema de Sulpicia, la gran poetisa romana, la feminista ante litterae que firmaba con nombre de Tibullo para que no la menospreciasen por ser mujer, en la que ella utiliza este término, toga, varias veces como mero sinónimo de meretriz. “mira tú lo que te permites, despreocupándote de mí, convencido de que no voy a caer de repente rendida como una tonta. Ocúpate de la toga y la pelleja que la lleva, cargada con su cesto, y no de Sulpicia, la hija de Servio” (“gratum est, securus multum quod iam tibi de me permittis, subito ne male inepta cadam. Sit tibi cura togae potior pressumque quasillo, scortum quam Servi filia Sulpicia”)
Así que togas y togas. En Riofrío. 

joludi:

Togas y togas.

Cuando tengo que quedar en algún sitio con alguien que no conoce Madrid, suelo indicar una cafetería de la céntrica plaza de Colón que tiene el refrescante nombre de Riofrío. Es la única cafetería de la plaza. Y aunque el sablazo está garantizado, es un lugar amplio, confortable y conveniente. No tiene pérdida. Tiene además el valor añadido de ser un lugar con cierta historia. Hay incluso algún libro escrito en torno al establecimiento (concretamente una obra totalmente prescindible de un conocido catedrático de administrativo, y académico).

Al estar situada a solo unos metros del corazón jurídico del Estado (Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de lo Contencioso, Fiscalía General del Estado…) es indudable que si el amplio mostrador de Riofrío pudiese hablar, contaría muchas historias más o menos inconfesables, de esas que hacen dudar sobre la capacidad visual de la vieja y maltratada dama que sostiene a duras penas la inestable balanza. También es muy curioso que en el piso bajo de la mencionada cafetería se encuentre uno de los locales de mala nota más elegantes de la ciudad. Magistrados, letrados y hetairas conviven pues amablemente en las mismas coordenadas geográficas. Unos encima de otras.

Esta coincidencia de togados y cortesanas le llamó mucho la atención y le hizo sonreir a un buen amigo valenciano con quien tomé un café allí el pasado sábado. Pero le dije que el asunto no tiene mucho de extraño. Por lo menos filológicamente hablando.

Porque ocurre que los antiguos romanos llamaban precisamente togas a las cortesanas.

Togas, sí. Porque solo las rameras se atrevían a ir vestidas con toga (generalmente togas recortadas por abajo, anticipo de la minifalda).

Las matronas y mujeres ajenas al ancestral oficio llevaban en Roma siempre estola, jamás toga.

Hay un hermoso poema de Sulpicia, la gran poetisa romana, la feminista ante litterae que firmaba con nombre de Tibullo para que no la menospreciasen por ser mujer, en la que ella utiliza este término, toga, varias veces como mero sinónimo de meretriz. “mira tú lo que te permites, despreocupándote de mí, convencido de que no voy a caer de repente rendida como una tonta. Ocúpate de la toga y la pelleja que la lleva, cargada con su cesto, y no de Sulpicia, la hija de Servio” (“gratum est, securus multum quod iam tibi de me permittis, subito ne male inepta cadam. Sit tibi cura togae potior pressumque quasillo, scortum quam Servi filia Sulpicia”)

Así que togas y togas. En Riofrío. 

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El pueblo es por ellos asimilado a la ‘Nación’, considerada como un ser real, distinto de los miembros que la componen. El único titular de la soberanía es ahora la nación, la cual se expresa por medio de sus representantes […]. La doctrina de la soberanía nacional es democrática en apariencia, [mas] no en la realidad, ya que puede servir para justificar prácticamente todas las formas de gobierno y en particular la autocracia

Maurice Duverger

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Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha

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Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política

Papa Francisco

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Los científicos han descubierto que las bacterias, además de ser las unidades básicas estructurales de la vida, también se encuentran en todos los demás seres que existen en la Tierra, para los que son indispensables. Sin ellas, no tendríamos aire para respirar, nuestro alimento carecería de nitrógeno y no habría suelos donde cultivar nuestras cosechas. Sin los microorganismos, los procesos esenciales para la vida se pararían lentamente y la Tierra sería tan estéril como Venus y Marte. Los microorganismos no han quedado rezagados en la escala evolutiva; al contrario, nos rodean por todas partes y forman parte de nosotros. Además, el nuevo conocimiento de la biología altera la visión que muestra la evolución como una competición continuada y sanguinaria entre individuos y especies. La vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación. Las formas de vida se multiplicaron y se hicieron más complejas asociándose a otras, no matándolas.

Lynn Margulis. (Una revolución en la evolución)

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“Los granos germinados de cebada y espelta se trituran en un mortero, y con su harina, se fabrican panes de cerveza, que una vez horneados se dejan algo húmedos en su interior y una vez fríos, se trocean introduciéndolos en jarras con agua y azúcar. Después, se le añade la levadura y cuando termina la fermentación, se trasiega en una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces estrujando la masa y guardándose el líquido final en ánforas y almacenándose en cuevas frescas”.

Papiro de Zózime. Médico de Panópolis. Egipto.

“Los granos germinados de cebada y espelta se trituran en un mortero, y con su harina, se fabrican panes de cerveza, que una vez horneados se dejan algo húmedos en su interior y una vez fríos, se trocean introduciéndolos en jarras con agua y azúcar. Después, se le añade la levadura y cuando termina la fermentación, se trasiega en una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces estrujando la masa y guardándose el líquido final en ánforas y almacenándose en cuevas frescas”.

Papiro de Zózime. Médico de Panópolis. Egipto.

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Felicidad
La felicidad exige no tener ambiciones. Quien las tiene no es feliz hasta que las materializa.
La felicidad exige no tener deseos. Quien los tiene no es feliz hasta estar saciado.
La felicidad exige no tener pasiones, ni sueños, ni esperanzas…Ni nada.
Y sobre todo, la felicidad exige no estar empeñado en buscarla. Porque tan pronto como se busca, se difumina. Y tan pronto como se cree haber alcanzado, se desvanece.
Mejor olvidarse de la felicidad. Y conformarse con la vida.

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Felicidad

La felicidad exige no tener ambiciones. Quien las tiene no es feliz hasta que las materializa.

La felicidad exige no tener deseos. Quien los tiene no es feliz hasta estar saciado.

La felicidad exige no tener pasiones, ni sueños, ni esperanzas…Ni nada.

Y sobre todo, la felicidad exige no estar empeñado en buscarla. Porque tan pronto como se busca, se difumina. Y tan pronto como se cree haber alcanzado, se desvanece.

Mejor olvidarse de la felicidad. Y conformarse con la vida.

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El Visir dijo: ¿Qué pensáis de este testamento que vuestro padre esta haciendo para la ciudadana Ineksenedyem, su segunda esposa?. Ellos dijeron: Hemos oído lo que nuestro padre esta haciendo. Y respecto a lo que esta haciendo, ¿quien puede cuestionarle (argumentar en su contra)?. Su propiedad le pertenece a él; le sea permitido dársela a quien quiera que él desee.
El visir dijo: Incluso si no fuera su esposa, si no una siria o nubia a quien amara y a quien dio su propiedad, ¿quién podría anular lo que él hizo?.

PAPIRO TURIN 2021 (Testamento de Amonjau a favor de su segunda esposa), Reino Nuevo, Egipto. 1500-1000 AC.

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«El último derecho que mencionaremos se refiere a la libertad de prensa. Su importancia consiste junto al avance de la verdad, la ciencia y la moralidad y las artes en general, en la difusión de abundantes opiniones sobre la administración del gobierno, la fácil comunicación de pensamiento entre los sujetos, y la consecuente promoción de la unión entre ellos, además de la intimidación y avergonzamiento de funcionarios tiránicos, tendente a conseguir una más honorable y justa administración de los asuntos»

Llamamiento que el primer Congreso Continental dirigió a los habitantes de la ciudad de Quebec el 26 de octubre de 1774

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Hoy el fotógrafo del diario “La Verdad” ha tenido la ocurrencia de llevarme hasta la escollera del faro de Navidad para hacerme unas fotos en “los bloques”. No he podido resistirme a cazarlo yo a él mientras ajustaba la exposición y velocidad de obturación de su cámara. #photographer #cartagenadelevante #cartagena #Es #bloques

Hoy el fotógrafo del diario “La Verdad” ha tenido la ocurrencia de llevarme hasta la escollera del faro de Navidad para hacerme unas fotos en “los bloques”. No he podido resistirme a cazarlo yo a él mientras ajustaba la exposición y velocidad de obturación de su cámara.

#photographer #cartagenadelevante #cartagena #Es #bloques

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¿Quién es el propietario del selfie del mono?
Jonathan Smith, vice.com
Autorretrato realizado por un macaco. Foto vía WikimediaLos monos son célebres por su largo historial de travesuras. Jorge el Curioso, Bonzo, el mono nazi de En busca del arca perdida y, más recientemente, el macaco negro con cresta de…

Curioso: El mono fotógrafo ¿a quién pertenecen los derechos de autor?

¿Quién es el propietario del selfie del mono?
Jonathan Smith, vice.com

Autorretrato realizado por un macaco. Foto vía Wikimedia

Los monos son célebres por su largo historial de travesuras. Jorge el Curioso, Bonzo, el mono nazi de En busca del arca perdida y, más recientemente, el macaco negro con cresta de…

Curioso: El mono fotógrafo ¿a quién pertenecen los derechos de autor?

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Es más divertido hacerse pirata que unirse a la marina.

Steve Jobs (via micro-cibermitanios)

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Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cícerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre. Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo.

Marguerite Yourcenar (via micro-cibermitanios)

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joludi:

Yo estuve aquí.

A Marta le llama la atención un stand publicitario en el aeropuerto de Ibiza que invita a realizar ahí mismo, nada más llegar, la primera selfie de las vacaciones. 
Todo parece indicar, pues, que la gente vive (y viaja y hace turismo) en esencia para hacerse selfies. 
Pues muy bien. Pero no es algo nuevo, le digo a Marta. Antes de los teléfonos móviles, con su doble objetivo, ya la Humanidad estaba obsesionada por retratarse a sí misma. Solo ha cambiado la tecnología. Se ha intensificado un viejo fenómeno, que ahora se impregna aún más de vanidad, narcisismo y lo que ahora llaman, me parece, postureo. 
Leon Battista Alberti decía que el padre de la pintura era Narciso. Y mucho antes, allá por el siglo XV a.c, el faraón Akhenaton, al que con justicia podríamos denominar el protoselfista, ordenaba a su pintor de cámara que le retratase junto a su esposa Taheri, dando instrucciones precisas al artista para que redondease bien su tripa, a fin de mostrar que era realmente rico. En aquellos tiempos no se preocupaban mucho por “definir” abdominales…
Una gran parte de las obras maestras de la pintura contienen, de forma más o menos subrepticia, una selfie del artista que las ha realizado. Desde el retrato de los Arnolfini de Van Eyck a la Sixtina de Miguel Angel o a las Meninas de Velázquez. Pasando por numerosas pinturas de El Greco, Vermer, Rembrandt, Goya, Courbet o Van Gogh, en las que el creador encuentra  siempre el modo de incluirse en su creación, aunque sea en la forma de una cabeza decapitada, como es el caso del fabuloso Goliath de Caravaggio.
Y, por supuesto, la historia de la pintura no se puede entender sin el género del autorretrato explícito. Un género contra el que lanzaba sus invectivas Leonardo, por más que él mismo también acabase cediendo a la tentación y uniéndose a los maestros del género como Ghiberti, Filarete, Van der Weyden, Mantegna, Perugino o al más egomaníaco creador de selfies, que fue sin duda Durero, quien era tan vanidoso que firmaba sus obras con A.D seguido de la fecha, jugando así con la ambigüedad entre sus iniciales y la expresión referida al nacimiento de Dios. Siglos después de Durero, el género selfie evolucionaría hasta el paroxismo, con los selfies refinadísimos y cargados de significación de Gauguin, Magritte, Munch o por supuesto Frida Kahlo. La famosa Mierda de Artista de Manzoni, de la que Marichi y Roberto nos hablaban anoche mientras llegábamos al éxtasis con una fideua sublime, puede verse como el punto de partida de buena parte del arte contemporáneo y al mismo tiempo como una forma muy parcial y muy extrema del fenómeno selfie.
Lo que ahora vivimos es simplemente el paroxismo de algo que es tan antiguo como aquel hombre mismo de las cavernas que impregnaba las paredes de la cueva con su mano. 
Si Walter Benjamin viviera, escribiría un sesudo tratado sobre el autorretrato en la época de la reproducción mecánica (y dedicaría tal vez un capítulo al boom de los tatuajes, que sin duda tiene una génesis vinculada). Quizá nos ayudaría Benjamin a entender un poco mejor esta novísima furia autorreferencial, esta asombrosa pasión autorrepresentativa colectiva a la que nadie quiere permanecer ajeno, este extraño fenómeno contemporáneo del autorretrato fotográfico nacido para ser compartido inmediatamente y que, al fin y al cabo, quizá no sea sino un simple trasunto de ese gran misterio velado del mundo que representa el yo. Un yo que busca la manera de afirmar que existe. Un yo que ansía desesperadamente subsistir. Un yo que proclama que estuvo, en fin, aquí.

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Yo estuve aquí.

A Marta le llama la atención un stand publicitario en el aeropuerto de Ibiza que invita a realizar ahí mismo, nada más llegar, la primera selfie de las vacaciones. 

Todo parece indicar, pues, que la gente vive (y viaja y hace turismo) en esencia para hacerse selfies. 

Pues muy bien. Pero no es algo nuevo, le digo a Marta. Antes de los teléfonos móviles, con su doble objetivo, ya la Humanidad estaba obsesionada por retratarse a sí misma. Solo ha cambiado la tecnología. Se ha intensificado un viejo fenómeno, que ahora se impregna aún más de vanidad, narcisismo y lo que ahora llaman, me parece, postureo. 

Leon Battista Alberti decía que el padre de la pintura era Narciso. Y mucho antes, allá por el siglo XV a.c, el faraón Akhenaton, al que con justicia podríamos denominar el protoselfista, ordenaba a su pintor de cámara que le retratase junto a su esposa Taheri, dando instrucciones precisas al artista para que redondease bien su tripa, a fin de mostrar que era realmente rico. En aquellos tiempos no se preocupaban mucho por “definir” abdominales…

Una gran parte de las obras maestras de la pintura contienen, de forma más o menos subrepticia, una selfie del artista que las ha realizado. Desde el retrato de los Arnolfini de Van Eyck a la Sixtina de Miguel Angel o a las Meninas de Velázquez. Pasando por numerosas pinturas de El Greco, Vermer, Rembrandt, Goya, Courbet o Van Gogh, en las que el creador encuentra  siempre el modo de incluirse en su creación, aunque sea en la forma de una cabeza decapitada, como es el caso del fabuloso Goliath de Caravaggio.

Y, por supuesto, la historia de la pintura no se puede entender sin el género del autorretrato explícito. Un género contra el que lanzaba sus invectivas Leonardo, por más que él mismo también acabase cediendo a la tentación y uniéndose a los maestros del género como Ghiberti, Filarete, Van der Weyden, Mantegna, Perugino o al más egomaníaco creador de selfies, que fue sin duda Durero, quien era tan vanidoso que firmaba sus obras con A.D seguido de la fecha, jugando así con la ambigüedad entre sus iniciales y la expresión referida al nacimiento de Dios. Siglos después de Durero, el género selfie evolucionaría hasta el paroxismo, con los selfies refinadísimos y cargados de significación de Gauguin, Magritte, Munch o por supuesto Frida Kahlo. La famosa Mierda de Artista de Manzoni, de la que Marichi y Roberto nos hablaban anoche mientras llegábamos al éxtasis con una fideua sublime, puede verse como el punto de partida de buena parte del arte contemporáneo y al mismo tiempo como una forma muy parcial y muy extrema del fenómeno selfie.

Lo que ahora vivimos es simplemente el paroxismo de algo que es tan antiguo como aquel hombre mismo de las cavernas que impregnaba las paredes de la cueva con su mano. 

Si Walter Benjamin viviera, escribiría un sesudo tratado sobre el autorretrato en la época de la reproducción mecánica (y dedicaría tal vez un capítulo al boom de los tatuajes, que sin duda tiene una génesis vinculada). Quizá nos ayudaría Benjamin a entender un poco mejor esta novísima furia autorreferencial, esta asombrosa pasión autorrepresentativa colectiva a la que nadie quiere permanecer ajeno, este extraño fenómeno contemporáneo del autorretrato fotográfico nacido para ser compartido inmediatamente y que, al fin y al cabo, quizá no sea sino un simple trasunto de ese gran misterio velado del mundo que representa el yo. Un yo que busca la manera de afirmar que existe. Un yo que ansía desesperadamente subsistir. Un yo que proclama que estuvo, en fin, aquí.

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