Made With Paper

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joludi:

Ejecutivos Agresivos
Microsoft es el ejemplo máximo de los métodos de gestión empresarial de las multinacionales llevados hasta el paroxismo. El reino supremo de los ejecutivos agresivos.
Siempre se ha presentado a la compañía de Seattle como ejemplo de la eficacia del management moderno. Métodos basados en mucha agresividad, mucho meeting, mucho budget, mucho positioning, mucho status report, mucho business plan y muchas más zarandajas de este tipo. Métodos que apenas dejan sitio a la humanidad, a la improvisación creativa, a la imaginación, a la ingenuidad creadora, al talento inclasificable, a la cintura estratégica, al saber adaptarse a las circunstancias cambiantes, al sentido de la oportunidad y al no vivir esclavizado de los powerpoints, los deadlines y los forecasts. 
Pues, bien, el hecho es que Microsoft se ha convertido con los años en el ejemplo del mayor desastre de gestión imaginable. En el año 2000 el mundo estaba en sus manos. Tenía una posición de hegemonía asombrosa. Pero, una docena de años después, su valor capitalizado es 230 mil millones de dólares inferior. Y cada uno de sus lanzamientos se cuenta como un fracaso o una frustración, desde Bing (4 mil millones de dólares invertidos para nada) a Windows 8, otro megaflop. 
En las Escuelas de Negocio deberían reflexionar sobre esto. Quizá tenga toda la razón ese empresario de éxito que acaba de escribir un best seller titulado algo así como “mas ideas, menos masters” (si bien ese campanudo y novel autor olvida decirnos que su papá, conocido multimillonario, financió generosamente buena parte de sus exitosas ideas sin master, importante detalle…)
Si me preguntas qué odio y que amo en la vida. Te diré que odio ese mundo idiota de los ejecutivos agresivos, los programas de fútbol en la radio, la comida basura y los grandes almacenes. Y que amo los tres placeres más perfectos de la vida. Jugar al ajedrez, escribir lo que me da la gana cuando me da la gana, y…montar en bicicleta.
 

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Ejecutivos Agresivos

Microsoft es el ejemplo máximo de los métodos de gestión empresarial de las multinacionales llevados hasta el paroxismo. El reino supremo de los ejecutivos agresivos.

Siempre se ha presentado a la compañía de Seattle como ejemplo de la eficacia del management moderno. Métodos basados en mucha agresividad, mucho meeting, mucho budget, mucho positioning, mucho status report, mucho business plan y muchas más zarandajas de este tipo. Métodos que apenas dejan sitio a la humanidad, a la improvisación creativa, a la imaginación, a la ingenuidad creadora, al talento inclasificable, a la cintura estratégica, al saber adaptarse a las circunstancias cambiantes, al sentido de la oportunidad y al no vivir esclavizado de los powerpoints, los deadlines y los forecasts. 

Pues, bien, el hecho es que Microsoft se ha convertido con los años en el ejemplo del mayor desastre de gestión imaginable. En el año 2000 el mundo estaba en sus manos. Tenía una posición de hegemonía asombrosa. Pero, una docena de años después, su valor capitalizado es 230 mil millones de dólares inferior. Y cada uno de sus lanzamientos se cuenta como un fracaso o una frustración, desde Bing (4 mil millones de dólares invertidos para nada) a Windows 8, otro megaflop. 

En las Escuelas de Negocio deberían reflexionar sobre esto. Quizá tenga toda la razón ese empresario de éxito que acaba de escribir un best seller titulado algo así como “mas ideas, menos masters” (si bien ese campanudo y novel autor olvida decirnos que su papá, conocido multimillonario, financió generosamente buena parte de sus exitosas ideas sin master, importante detalle…)

Si me preguntas qué odio y que amo en la vida. Te diré que odio ese mundo idiota de los ejecutivos agresivos, los programas de fútbol en la radio, la comida basura y los grandes almacenes. Y que amo los tres placeres más perfectos de la vida. Jugar al ajedrez, escribir lo que me da la gana cuando me da la gana, y…montar en bicicleta.

 

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joludi:

La paradoja de Trivers.
Wilde decía, con su habitual cinismo, que ser poco sincero es peligroso. Pero que serlo mucho es fatal. 
Para el biólogo Robert Trivers, del mismo modo, la sinceridad no es en absoluto una virtud. O al menos, este investigador reniega de la sinceridad más importante de todas, creo yo: la sinceridad con uno mismo.
Trivers ha creído demostrar que, biológicamente, necesitamos mentir. Especialmente mentirnos a nosotros mismos. Si somos capaces, dice, de engañarnos metódicamente, convenciéndonos de que somos más guapos, más listos, más seductores de lo que en realidad somos, nuestra vida será mucho mejor. Ser consciente de las limitaciones propias, aclara, es bueno para la sociedad, pero tiende a ser nefasto para uno mismo. Curiosa contradicción. La llamaremos la Paradoja de Trivers.

joludi:

La paradoja de Trivers.

Wilde decía, con su habitual cinismo, que ser poco sincero es peligroso. Pero que serlo mucho es fatal.

Para el biólogo Robert Trivers, del mismo modo, la sinceridad no es en absoluto una virtud. O al menos, este investigador reniega de la sinceridad más importante de todas, creo yo: la sinceridad con uno mismo.

Trivers ha creído demostrar que, biológicamente, necesitamos mentir. Especialmente mentirnos a nosotros mismos. Si somos capaces, dice, de engañarnos metódicamente, convenciéndonos de que somos más guapos, más listos, más seductores de lo que en realidad somos, nuestra vida será mucho mejor. Ser consciente de las limitaciones propias, aclara, es bueno para la sociedad, pero tiende a ser nefasto para uno mismo. Curiosa contradicción. La llamaremos la Paradoja de Trivers.

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joludi:

Banksters.
Los mismos banqueros que nos decían que habíamos sido muy malos, y que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, ahora resulta que se forraban con operaciones fraudulentas megamillonarias. ¡El consejo de Cajamadrid se autoadjudicaba 900 millones de euros en préstamos para sus miembros! 
Lo que no entiendo es que este pueblo pastueño y aplacado, otrora feroz con los abusos, no arda ahora en cólera al conocer toda esta infamia.

joludi:

Banksters.

Los mismos banqueros que nos decían que habíamos sido muy malos, y que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, ahora resulta que se forraban con operaciones fraudulentas megamillonarias. ¡El consejo de Cajamadrid se autoadjudicaba 900 millones de euros en préstamos para sus miembros! 

Lo que no entiendo es que este pueblo pastueño y aplacado, otrora feroz con los abusos, no arda ahora en cólera al conocer toda esta infamia.

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Principio de Peter

micro-cibermitanios:

En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.

Corolarios:

  1. Con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.
  2. El trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia.

(Laurence J. Peter)

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azultierra:

Para ellos, nuestras historias son mitos,

nuestras doctrinas son leyendas,

nuestra ciencia es magia,

nuestras creencias son supersticiones,

nuestro arte es artesania,

nuestros juegos, danzas y vestidos son folklore,

nuestro gobierno es anarquía,

nuestra lengua es dialecto, 

nuestro amor es pecado y bajeza,

nuestro andar es arrastrarse,

nuestro tamaño es pequeño,

nuestro fisico es feo,

nuestro modo es incomprensible 

SUBCOMANDANTE MARCOS

Milpa Alta, D.F. 9 de marzo de 2001 

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joludi:

Significado.
Ambó ató, matarile, rile, rile…cantan todavía los niños. Quién de ellos imagina que está diciendo que tiene un bello castillo mientras su tía ríe sin parar…
Hacemos un millón de cosas sin conocer su verdadero significado. Desde niños.
Y la cancioncita sigue sonando…j’ai un beau chateau, ma tante rit, rit, rit…

joludi:

Significado.

Ambó ató, matarile, rile, rile…cantan todavía los niños. Quién de ellos imagina que está diciendo que tiene un bello castillo mientras su tía ríe sin parar…

Hacemos un millón de cosas sin conocer su verdadero significado. Desde niños.

Y la cancioncita sigue sonando…j’ai un beau chateau, ma tante rit, rit, rit…

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joludi:

Cuerpo.
Se crea o no, los antiguos griegos no tenían una palabra específica para el concepto de cuerpo. Tenían palabras específicas para cada parte anatómica del cuerpo, pero no para el cuerpo de un ser vivo como tal. El “soma” era más bien la totalidad de la persona y desde una perspectiva subjetiva: mi sensación corporal. Esta noción de sensación corporal subjetiva es el “soma” de la Ultima Cena, y entendida correctamente nos daría una traducción más precisa que la conocida de la expresión griega “to soma mou”, que habría que traducir no como “este es mi cuerpo” sino como “sentiré como que me coméis a mí”. Cuando el redactor evangélico  quiere significar la carne no usa nunca soma, sino sarx, por ejemplo Mateo 26:41 cuando dice que el espíritu (pneuma) es más fuerte que la carne (sarx). Si en la Ultima Cena se hubiese querido expresar verdaderamente la idea de la transmutación de la carne, el narrrador evangélico hubiese usado sarx sin ninguna duda, no soma. Da vértigo pensar las consecuencias que ha tenido este matiz lingüístico mal comprendido por los traductores, empezando por las acusaciones de canibalismo que sirvieron de base a las persecuciones de los primeros cristianos.
En fin, para los griegos, solo tenía sentido referirse a algo como “cuerpo” cuando llegaba la muerte y desaparecía la individualización de los miembros. Entonces sí, entonces ya podían hablar de sarx, entendido como carne inanimada. El “cuerpo” de los  antiguos griegos, solo se puede entender como un cuerpo inanimado. Y esto ha dejado huella en otros idiomas, por ejemplo en el corpse, la palabra inglesa para cadaver.

joludi:

Cuerpo.

Se crea o no, los antiguos griegos no tenían una palabra específica para el concepto de cuerpo. Tenían palabras específicas para cada parte anatómica del cuerpo, pero no para el cuerpo de un ser vivo como tal. El “soma” era más bien la totalidad de la persona y desde una perspectiva subjetiva: mi sensación corporal. Esta noción de sensación corporal subjetiva es el “soma” de la Ultima Cena, y entendida correctamente nos daría una traducción más precisa que la conocida de la expresión griega “to soma mou”, que habría que traducir no como “este es mi cuerpo” sino como “sentiré como que me coméis a mí”. Cuando el redactor evangélico  quiere significar la carne no usa nunca soma, sino sarx, por ejemplo Mateo 26:41 cuando dice que el espíritu (pneuma) es más fuerte que la carne (sarx). Si en la Ultima Cena se hubiese querido expresar verdaderamente la idea de la transmutación de la carne, el narrrador evangélico hubiese usado sarx sin ninguna duda, no soma. Da vértigo pensar las consecuencias que ha tenido este matiz lingüístico mal comprendido por los traductores, empezando por las acusaciones de canibalismo que sirvieron de base a las persecuciones de los primeros cristianos.

En fin, para los griegos, solo tenía sentido referirse a algo como “cuerpo” cuando llegaba la muerte y desaparecía la individualización de los miembros. Entonces sí, entonces ya podían hablar de sarx, entendido como carne inanimada. El “cuerpo” de los  antiguos griegos, solo se puede entender como un cuerpo inanimado. Y esto ha dejado huella en otros idiomas, por ejemplo en el corpse, la palabra inglesa para cadaver.

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Gorgorito, Sacanico y Mambrú
Muchas canciones infantiles portuguesas son iguales o al menos muy parecidas a las que cantan los niños españoles (o cantaban, porque ahora parece que todo el tiempo se les va en enredar con los teléfonos y consolas). Lo fascinante es que nadie ha promovido esta unificación. Es espontánea y, hasta cierto punto, inexplicable. 
Pinto, pinto, gorgorito, donde vas tu tan bonito…dicen los niños españoles para proceder a una elección aleatoria dentro de un grupo. Pico, pico, saranico, quem te deu tamanho bico…Dicen con el mismo propósito los niños portugueses. Y con la misma melodía, por supuesto. Y en ambos casos además, la retahila prosigue evocándonos viajes a otro país; gorgorito resulta que va a la era verdadera cuyo lugar está en Portugal, mientras que saranico nos aclara que el gran beso se lo dio la hija de la reina, que está presa en una cocina y que, tras dar un grito, se marcha tan ricamente a Francia. 
Hay algo de universal en la infancia y sus canciones. Algo que echamos a perder con las cosas de los adultos pienso yo. Y esa universalidad de todo lo infantil acostumbra a ser insospechada y sorprendente, extendiéndose mucho más allá de lo que imaginamos. Tomemos por ejemplo la canción popular sobre Mambrú (Mambrú se fue a la guerra, etc…). En alguna enciclopedia se dice que los niños españoles comenzaron a cantarla con ocasión de la presencia en la península Ibérica del general británico Marlborough, en el siglo XVIII.  Si se investiga un poco más, se descubre o se cree descubrir que la tonada fue compuesta sí, en honor del citado Duque de Marlborough, pero no en España ni por niños españoles, sino en Francia, tras la sangrienta batalla de Malplaquet. Si, una vez más, no nos conformamos con esta explicación, descubrimos asombrados que la canción se remonta realmente a tiempos de las Cruzadas, y trata de un aguerrido caballero llamado Mambron o Malbruk (este último nombre también se menciona por cierto en algunos cantares de gesta medievales). 
Algo debe tener esta melodía, como lo del gorgorito/sacanico y tantas otras melodías infantiles, para que su origen se pierda de ese modo en la noche de los tiempos y resulte familiar a niños de todos los países europeos. Da lo mismo que sean alemanes (Marlbrough zieht aus Zum Kriege) o rusos (Malbruk v pojod sobralsya). Incluso parece ser que las fuerzas expedicionarias francesas dirigidas por Napoleón, a finales del siglo XVIII, escucharon en Egipto a unos niños entonar la misma melodía, y con un texto que debía significar algo parecido. Existen también documentos muy serios que indican que cuando el médico a bordo de la expedición de Cook (John White) entonaba la versión inglesa de la canción (Malbrook the prince of commanders is gone to war in Flandes…) en las costas occidentales australianas de Botane Bay (enero 1788), los aborígenes hacían ademán de conocer perfectamente el tema. 
Así es. No hay frontera ni muralla ni océano capaz de resistir la expansión de algo tan simple como una canción infantil. Y esto me parece hermoso. Mambrú se fue a la guerra me parece que simboliza lo mucho que tenemos de común los seres humanos, cuando todavía no nos hemos hecho tontos, más allá de barreras que levantamos artificialmente una vez que nos hemos hecho tontos. Mambrú o el dichoso Gorgorito son verdaderos himnos ecuménicos que acaban resultándonos familiares a todos. 
Por cierto, ahora que caigo, creo recordar (o tal vez lo he soñado) que Mambrú es también la melodía que alguna vez, de niño, escuché en el carrillón del Ayuntamiento de Vitoria. De ser así, la razón sería el hecho de que Beethoven utilizó precisamente las notas del Mambrú en su famosa composición en honor de la Batalla de Vitoria, allí donde Wellington dio la puntilla a los soldados de Napoléon; esas tropas derrotadas de un Emperador que ignoraba por entonces que solo las canciones infantiles se expanden y conquistan el mundo de forma duradera. Si acaso.

joludi:

Gorgorito, Sacanico y Mambrú

Muchas canciones infantiles portuguesas son iguales o al menos muy parecidas a las que cantan los niños españoles (o cantaban, porque ahora parece que todo el tiempo se les va en enredar con los teléfonos y consolas). Lo fascinante es que nadie ha promovido esta unificación. Es espontánea y, hasta cierto punto, inexplicable. 

Pinto, pinto, gorgorito, donde vas tu tan bonito…dicen los niños españoles para proceder a una elección aleatoria dentro de un grupo. Pico, pico, saranico, quem te deu tamanho bico…Dicen con el mismo propósito los niños portugueses. Y con la misma melodía, por supuesto. Y en ambos casos además, la retahila prosigue evocándonos viajes a otro país; gorgorito resulta que va a la era verdadera cuyo lugar está en Portugal, mientras que saranico nos aclara que el gran beso se lo dio la hija de la reina, que está presa en una cocina y que, tras dar un grito, se marcha tan ricamente a Francia. 

Hay algo de universal en la infancia y sus canciones. Algo que echamos a perder con las cosas de los adultos pienso yo. Y esa universalidad de todo lo infantil acostumbra a ser insospechada y sorprendente, extendiéndose mucho más allá de lo que imaginamos. Tomemos por ejemplo la canción popular sobre Mambrú (Mambrú se fue a la guerra, etc…). En alguna enciclopedia se dice que los niños españoles comenzaron a cantarla con ocasión de la presencia en la península Ibérica del general británico Marlborough, en el siglo XVIII.  Si se investiga un poco más, se descubre o se cree descubrir que la tonada fue compuesta sí, en honor del citado Duque de Marlborough, pero no en España ni por niños españoles, sino en Francia, tras la sangrienta batalla de Malplaquet. Si, una vez más, no nos conformamos con esta explicación, descubrimos asombrados que la canción se remonta realmente a tiempos de las Cruzadas, y trata de un aguerrido caballero llamado Mambron o Malbruk (este último nombre también se menciona por cierto en algunos cantares de gesta medievales). 

Algo debe tener esta melodía, como lo del gorgorito/sacanico y tantas otras melodías infantiles, para que su origen se pierda de ese modo en la noche de los tiempos y resulte familiar a niños de todos los países europeos. Da lo mismo que sean alemanes (Marlbrough zieht aus Zum Kriege) o rusos (Malbruk v pojod sobralsya). Incluso parece ser que las fuerzas expedicionarias francesas dirigidas por Napoleón, a finales del siglo XVIII, escucharon en Egipto a unos niños entonar la misma melodía, y con un texto que debía significar algo parecido. Existen también documentos muy serios que indican que cuando el médico a bordo de la expedición de Cook (John White) entonaba la versión inglesa de la canción (Malbrook the prince of commanders is gone to war in Flandes…) en las costas occidentales australianas de Botane Bay (enero 1788), los aborígenes hacían ademán de conocer perfectamente el tema. 

Así es. No hay frontera ni muralla ni océano capaz de resistir la expansión de algo tan simple como una canción infantil. Y esto me parece hermoso. Mambrú se fue a la guerra me parece que simboliza lo mucho que tenemos de común los seres humanos, cuando todavía no nos hemos hecho tontos, más allá de barreras que levantamos artificialmente una vez que nos hemos hecho tontos. Mambrú o el dichoso Gorgorito son verdaderos himnos ecuménicos que acaban resultándonos familiares a todos. 

Por cierto, ahora que caigo, creo recordar (o tal vez lo he soñado) que Mambrú es también la melodía que alguna vez, de niño, escuché en el carrillón del Ayuntamiento de Vitoria. De ser así, la razón sería el hecho de que Beethoven utilizó precisamente las notas del Mambrú en su famosa composición en honor de la Batalla de Vitoria, allí donde Wellington dio la puntilla a los soldados de Napoléon; esas tropas derrotadas de un Emperador que ignoraba por entonces que solo las canciones infantiles se expanden y conquistan el mundo de forma duradera. Si acaso.

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Gorgorito, Sacanico y Mambrú
Muchas canciones infantiles portuguesas son iguales o al menos muy parecidas a las que cantan los niños españoles (o cantaban, porque ahora parece que todo el tiempo se les va en enredar con los teléfonos y consolas). Lo fascinante es que nadie ha promovido esta unificación. Es espontánea y, hasta cierto punto, inexplicable. 
Pinto, pinto, gorgorito, donde vas tu tan bonito…dicen los niños españoles para proceder a una elección aleatoria dentro de un grupo. Pico, pico, saranico, quem te deu tamanho bico…Dicen con el mismo propósito los niños portugueses. Y con la misma melodía, por supuesto. Y en ambos casos además, la retahila prosigue evocándonos viajes a otro país; gorgorito resulta que va a la era verdadera cuyo lugar está en Portugal, mientras que saranico nos aclara que el gran beso se lo dio la hija de la reina, que está presa en una cocina y que, tras dar un grito, se marcha tan ricamente a Francia. 
Hay algo de universal en la infancia y sus canciones. Algo que echamos a perder con las cosas de los adultos pienso yo. Y esa universalidad de todo lo infantil acostumbra a ser insospechada y sorprendente, extendiéndose mucho más allá de lo que imaginamos. Tomemos por ejemplo la canción popular sobre Mambrú (Mambrú se fue a la guerra, etc…). En alguna enciclopedia se dice que los niños españoles comenzaron a cantarla con ocasión de la presencia en la península Ibérica del general británico Marlborough, en el siglo XVIII.  Si se investiga un poco más, se descubre o se cree descubrir que la tonada fue compuesta sí, en honor del citado Duque de Marlborough, pero no en España ni por niños españoles, sino en Francia, tras la sangrienta batalla de Malplaquet. Si, una vez más, no nos conformamos con esta explicación, descubrimos asombrados que la canción se remonta realmente a tiempos de las Cruzadas, y trata de un aguerrido caballero llamado Mambron o Malbruk (este último nombre también se menciona por cierto en algunos cantares de gesta medievales). 
Algo debe tener esta melodía, como lo del gorgorito/sacanico y tantas otras melodías infantiles, para que su origen se pierda de ese modo en la noche de los tiempos y resulte familiar a niños de todos los países europeos. Da lo mismo que sean alemanes (Marlbrough zieht aus Zum Kriege) o rusos (Malbruk v pojod sobralsya). Incluso parece ser que las fuerzas expedicionarias francesas dirigidas por Napoleón, a finales del siglo XVIII, escucharon en Egipto a unos niños entonar la misma melodía, y con un texto que debía significar algo parecido. Existen también documentos muy serios que indican que cuando el médico a bordo de la expedición de Cook (John White) entonaba la versión inglesa de la canción (Malbrook the prince of commanders is gone to war in Flandes…) en las costas occidentales australianas de Botane Bay (enero 1788), los aborígenes hacían ademán de conocer perfectamente el tema. 
Así es. No hay frontera ni muralla ni océano capaz de resistir la expansión de algo tan simple como una canción infantil. Y esto me parece hermoso. Mambrú se fue a la guerra me parece que simboliza lo mucho que tenemos de común los seres humanos, cuando todavía no nos hemos hecho tontos, más allá de barreras que levantamos artificialmente una vez que nos hemos hecho tontos. Mambrú o el dichoso Gorgorito son verdaderos himnos ecuménicos que acaban resultándonos familiares a todos. 
Por cierto, ahora que caigo, creo recordar (o tal vez lo he soñado) que Mambrú es también la melodía que alguna vez, de niño, escuché en el carrillón del Ayuntamiento de Vitoria. De ser así, la razón sería el hecho de que Beethoven utilizó precisamente las notas del Mambrú en su famosa composición en honor de la Batalla de Vitoria, allí donde Wellington dio la puntilla a los soldados de Napoléon; esas tropas derrotadas de un Emperador que ignoraba por entonces que solo las canciones infantiles se expanden y conquistan el mundo de forma duradera. Si acaso.

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Gorgorito, Sacanico y Mambrú

Muchas canciones infantiles portuguesas son iguales o al menos muy parecidas a las que cantan los niños españoles (o cantaban, porque ahora parece que todo el tiempo se les va en enredar con los teléfonos y consolas). Lo fascinante es que nadie ha promovido esta unificación. Es espontánea y, hasta cierto punto, inexplicable. 

Pinto, pinto, gorgorito, donde vas tu tan bonito…dicen los niños españoles para proceder a una elección aleatoria dentro de un grupo. Pico, pico, saranico, quem te deu tamanho bico…Dicen con el mismo propósito los niños portugueses. Y con la misma melodía, por supuesto. Y en ambos casos además, la retahila prosigue evocándonos viajes a otro país; gorgorito resulta que va a la era verdadera cuyo lugar está en Portugal, mientras que saranico nos aclara que el gran beso se lo dio la hija de la reina, que está presa en una cocina y que, tras dar un grito, se marcha tan ricamente a Francia. 

Hay algo de universal en la infancia y sus canciones. Algo que echamos a perder con las cosas de los adultos pienso yo. Y esa universalidad de todo lo infantil acostumbra a ser insospechada y sorprendente, extendiéndose mucho más allá de lo que imaginamos. Tomemos por ejemplo la canción popular sobre Mambrú (Mambrú se fue a la guerra, etc…). En alguna enciclopedia se dice que los niños españoles comenzaron a cantarla con ocasión de la presencia en la península Ibérica del general británico Marlborough, en el siglo XVIII.  Si se investiga un poco más, se descubre o se cree descubrir que la tonada fue compuesta sí, en honor del citado Duque de Marlborough, pero no en España ni por niños españoles, sino en Francia, tras la sangrienta batalla de Malplaquet. Si, una vez más, no nos conformamos con esta explicación, descubrimos asombrados que la canción se remonta realmente a tiempos de las Cruzadas, y trata de un aguerrido caballero llamado Mambron o Malbruk (este último nombre también se menciona por cierto en algunos cantares de gesta medievales). 

Algo debe tener esta melodía, como lo del gorgorito/sacanico y tantas otras melodías infantiles, para que su origen se pierda de ese modo en la noche de los tiempos y resulte familiar a niños de todos los países europeos. Da lo mismo que sean alemanes (Marlbrough zieht aus Zum Kriege) o rusos (Malbruk v pojod sobralsya). Incluso parece ser que las fuerzas expedicionarias francesas dirigidas por Napoleón, a finales del siglo XVIII, escucharon en Egipto a unos niños entonar la misma melodía, y con un texto que debía significar algo parecido. Existen también documentos muy serios que indican que cuando el médico a bordo de la expedición de Cook (John White) entonaba la versión inglesa de la canción (Malbrook the prince of commanders is gone to war in Flandes…) en las costas occidentales australianas de Botane Bay (enero 1788), los aborígenes hacían ademán de conocer perfectamente el tema. 

Así es. No hay frontera ni muralla ni océano capaz de resistir la expansión de algo tan simple como una canción infantil. Y esto me parece hermoso. Mambrú se fue a la guerra me parece que simboliza lo mucho que tenemos de común los seres humanos, cuando todavía no nos hemos hecho tontos, más allá de barreras que levantamos artificialmente una vez que nos hemos hecho tontos. Mambrú o el dichoso Gorgorito son verdaderos himnos ecuménicos que acaban resultándonos familiares a todos. 

Por cierto, ahora que caigo, creo recordar (o tal vez lo he soñado) que Mambrú es también la melodía que alguna vez, de niño, escuché en el carrillón del Ayuntamiento de Vitoria. De ser así, la razón sería el hecho de que Beethoven utilizó precisamente las notas del Mambrú en su famosa composición en honor de la Batalla de Vitoria, allí donde Wellington dio la puntilla a los soldados de Napoléon; esas tropas derrotadas de un Emperador que ignoraba por entonces que solo las canciones infantiles se expanden y conquistan el mundo de forma duradera. Si acaso.

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Se sabe que los gitanos son una raza originaria del noroeste de la India. Se sabe también de las estrechas relaciones que han mantenido con el arte flamenco. Juntando ambas cosas ¿qué ocurriría si interpretasemos un palo flamenco con un instrumento hindú como el sitar? Un posible resultado son estas bulerías.

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