El blog de Joseph Webley-Fosbery

Ago 29

jmyuste:


(vía Plantilla para discusiones | JRMora, humor gráfico)

jmyuste:

(vía Plantilla para discusiones | JRMora, humor gráfico)

Ago 27

“Vivimos en un mundo donde la forma de vestir, se valora más que la de pensar, hablar y escribir.” — Javier Barrabés

Ago 25

La larga estela (Chris Anderssson) -

Cuando lo que más dinero da es lo que menos se vende.

“Las economías basadas en las superventas son el resultado de un entorno en el cual no hay recursos suficientes para llevar todos los productos a todos los consumidores.” — Chris Andersson

Ago 24

joludi:

The (vanishing) Snows of Kilimanjaro
Veinte años no es nada, dice el tango. Pues en menos de nada, es decir, en menos de 20 años, las nieves eternas del Kilimanjaro dejarán de serlo, según todos los estudios. Estas inesperadas nieves del Ecuador, de las que informó Rehban a finales del XIX, provocando la burla generalizada pues pensaban que este explorador alemán notoriamente corto de vista había confundido unas simples nubes con una improbable ladera nevada, han sido las responsables en buena medida de la entrada triunfal del mito africano en el imaginario occidental. 
La Metro Goldwin Mayer tiene su parte de culpa, por haber llevado al cine aquel cruel cuentecito de Hemingway que evoca este paraíso como escenario y telón de fondo de una historia triste y fatal de autodestrucción, talento artístico desperdiciado por el conformismo, y traición a los propios ideales. Las Nieves del Kilimanjaro es, para mí, una historia más bien mediocre, pero sus primeras líneas, que sintetizan toda la obrita, aún me sobrecogen cuando las recuerdo. Hablan de un cadaver de leopardo que unos exploradores encontraron envuelto en el hielo del Kilimanjaro. Y lanzan al viento la pregunta clave para entender la narración: nadie ha conseguido explicar qué pódia buscar ese leopardo entre las altas nieves del Kilimanjaro…
Pero ningún leopardo soñador querrá subir allá arriba dentro de un par de décadas. No encontraría ni una gota de nieve. De hecho, ya en nuestros días, en la estación seca, que es en la que estamos ahora, apenas se puede ver desde el Noomotio una tenue pincelada de blanco sobre lo que es mayor cono volcánico (un megapujol, ciertamente) del planeta. 
Mis amigos masais me dicen que cuando estas nieves agonizantes se vayan para siempre, será el fin del mundo. Tal vez no. Pero sí será el fin del mundo para las criaturas que pueblan el Amboseli. 
Sin esta nieve del Kilimanjaro, se secará sin remedio el formidable humedial de 400 kilómetros cuadrados, que emerge inopinadamente en medio de un inmenso mar de arena y sal. Desaparecerá una rareza geográfica única. Una maravilla natural salpicada de exuberantes oasis paradisíacos, como en el que ahora mismo escribo esto, a los que los nativos llaman tucais o palmerales, y que ellos consideran la mansión de Engai, de Dios mismo. No les falta cierta razón.
Yo, desde mi cabaña de este gran palmeral que es Ol Tukai, no he alcanzado todavía a ver a Engai, pero sí veo, simplemente abriendo la ventana al amanecer, a miles de elefantes, hipopótamos, cebras, ñúes, e incontables aves. Todos disfrutando de este Edén sin percibir la amenaza inexorable que se cierne sobre ellos. 
Cuando aparezca por aquí el dios de los Masais, vamos a tener unas palabras. Me tendrá que explicar cómo y por qué consiente nuestra barbarie. Como tolera que los hombres hagamos que todo esto se vaya evaporando para siempre en el absurdamente azul cielo de Africa.
 

joludi:

The (vanishing) Snows of Kilimanjaro

Veinte años no es nada, dice el tango. Pues en menos de nada, es decir, en menos de 20 años, las nieves eternas del Kilimanjaro dejarán de serlo, según todos los estudios. Estas inesperadas nieves del Ecuador, de las que informó Rehban a finales del XIX, provocando la burla generalizada pues pensaban que este explorador alemán notoriamente corto de vista había confundido unas simples nubes con una improbable ladera nevada, han sido las responsables en buena medida de la entrada triunfal del mito africano en el imaginario occidental. 

La Metro Goldwin Mayer tiene su parte de culpa, por haber llevado al cine aquel cruel cuentecito de Hemingway que evoca este paraíso como escenario y telón de fondo de una historia triste y fatal de autodestrucción, talento artístico desperdiciado por el conformismo, y traición a los propios ideales. Las Nieves del Kilimanjaro es, para mí, una historia más bien mediocre, pero sus primeras líneas, que sintetizan toda la obrita, aún me sobrecogen cuando las recuerdo. Hablan de un cadaver de leopardo que unos exploradores encontraron envuelto en el hielo del Kilimanjaro. Y lanzan al viento la pregunta clave para entender la narración: nadie ha conseguido explicar qué pódia buscar ese leopardo entre las altas nieves del Kilimanjaro…

Pero ningún leopardo soñador querrá subir allá arriba dentro de un par de décadas. No encontraría ni una gota de nieve. De hecho, ya en nuestros días, en la estación seca, que es en la que estamos ahora, apenas se puede ver desde el Noomotio una tenue pincelada de blanco sobre lo que es mayor cono volcánico (un megapujol, ciertamente) del planeta. 

Mis amigos masais me dicen que cuando estas nieves agonizantes se vayan para siempre, será el fin del mundo. Tal vez no. Pero sí será el fin del mundo para las criaturas que pueblan el Amboseli. 

Sin esta nieve del Kilimanjaro, se secará sin remedio el formidable humedial de 400 kilómetros cuadrados, que emerge inopinadamente en medio de un inmenso mar de arena y sal. Desaparecerá una rareza geográfica única. Una maravilla natural salpicada de exuberantes oasis paradisíacos, como en el que ahora mismo escribo esto, a los que los nativos llaman tucais o palmerales, y que ellos consideran la mansión de Engai, de Dios mismo. No les falta cierta razón.

Yo, desde mi cabaña de este gran palmeral que es Ol Tukai, no he alcanzado todavía a ver a Engai, pero sí veo, simplemente abriendo la ventana al amanecer, a miles de elefantes, hipopótamos, cebras, ñúes, e incontables aves. Todos disfrutando de este Edén sin percibir la amenaza inexorable que se cierne sobre ellos. 

Cuando aparezca por aquí el dios de los Masais, vamos a tener unas palabras. Me tendrá que explicar cómo y por qué consiente nuestra barbarie. Como tolera que los hombres hagamos que todo esto se vaya evaporando para siempre en el absurdamente azul cielo de Africa.

 

Ago 23

Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillén,
de los que escriben cantares:
oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.

Que, al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.

” — Manuel Machado

Cultivo una rosa blanca…

Recuerdo perfectamente mis primeros ejercicios y textos de lectura y recuerdo vívidamente bastantes de los que se incluían en mi primer libro de lectura. La primera lectura en prosa era un fragmento de la novela “La Barraca” de Vicente Blasco Ibáñez, ese que comenzaba: “Una barraca vieja sin más luz que la de la puerta y la que se colaba por las grietas de la techumbre…” (cito de memoria y según yo lo recuerdo).

Pero en verso el primer poema que leí fue este (archifamoso) poema XXXIX de los “Versos Sencillos” del cubano José Martí, ese que dice:

"Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca
y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo
cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.”

¿O quizá no dice eso y me traiciona mi memoria infantil?

La primera edición de los “Versos sencillos” no contiene este poema, al menos escrito de esa forma: en el poema original la rosa se cultiva en julio (y no en junio) y la “ortiga” del séptimo verso no es tal ortiga, apareciendo en su lugar impresa la palabra “oruga” que es una planta distinta (sí, la “oruga” es también una planta).

Y, sin embargo, en la memoria de la mayoría de gente que conozco recitan el poema tal y como yo lo recuerdo.

Así pues ¿ortiga u oruga?

Ocurre que los poemas, como las ideas, como los seres vivos, se rigen por las inexorables leyes de la evolución y mutan hasta alcanzar su forma de mayor éxito reproductivo, quizá este poema de Martí sea un buen ejemplo de esto. Tanto “ortiga” como “junio” pueden producir en el oyente-lector un efecto de aliteración que los hace preferibles al original; quizá la ortiga es una planta que ilustra mejor que la oruga la imagen que pretende el poeta o que el lector intuye que pretende. Quizá el poema, cantado reiteradamente como estrofa en la popular “Guantanamera” era más cantable así…

No lo sé, lo cierto es que el poema en esta forma mutada se ha ganado el derecho al recuerdo, que es la patria donde viven las ideas, y ahora Martí y el pueblo comparten su autoría. No lo sé, lo que sí sé es que yo lo recuerdo así desde que tenía ocho años, aunque la edad a la que lo leí no la recuerdo tan bien.

Cultivo una rosa blanca…

Recuerdo perfectamente mis primeros ejercicios y textos de lectura y recuerdo vívidamente bastantes de los que se incluían en mi primer libro de lectura. La primera lectura en prosa era un fragmento de la novela “La Barraca” de Vicente Blasco Ibáñez, ese que comenzaba: “Una barraca vieja sin más luz que la de la puerta y la que se colaba por las grietas de la techumbre…” (cito de memoria y según yo lo recuerdo).

Pero en verso el primer poema que leí fue este (archifamoso) poema XXXIX de los “Versos Sencillos” del cubano José Martí, ese que dice:

"Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca
y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo
cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.”

¿O quizá no dice eso y me traiciona mi memoria infantil?

La primera edición de los “Versos sencillos” no contiene este poema, al menos escrito de esa forma: en el poema original la rosa se cultiva en julio (y no en junio) y la “ortiga” del séptimo verso no es tal ortiga, apareciendo en su lugar impresa la palabra “oruga” que es una planta distinta (sí, la “oruga” es también una planta).

Y, sin embargo, en la memoria de la mayoría de gente que conozco recitan el poema tal y como yo lo recuerdo.

Así pues ¿ortiga u oruga?

Ocurre que los poemas, como las ideas, como los seres vivos, se rigen por las inexorables leyes de la evolución y mutan hasta alcanzar su forma de mayor éxito reproductivo, quizá este poema de Martí sea un buen ejemplo de esto. Tanto “ortiga” como “junio” pueden producir en el oyente-lector un efecto de aliteración que los hace preferibles al original; quizá la ortiga es una planta que ilustra mejor que la oruga la imagen que pretende el poeta o que el lector intuye que pretende. Quizá el poema, cantado reiteradamente como estrofa en la popular “Guantanamera” era más cantable así…

No lo sé, lo cierto es que el poema en esta forma mutada se ha ganado el derecho al recuerdo, que es la patria donde viven las ideas, y ahora Martí y el pueblo comparten su autoría. No lo sé, lo que sí sé es que yo lo recuerdo así desde que tenía ocho años, aunque la edad a la que lo leí no la recuerdo tan bien.

Ago 18

joludi:

Togas y togas.

Cuando tengo que quedar en algún sitio con alguien que no conoce Madrid, suelo indicar una cafetería de la céntrica plaza de Colón que tiene el refrescante nombre de Riofrío. Es la única cafetería de la plaza. Y aunque el sablazo está garantizado, es un lugar amplio, confortable y conveniente. No tiene pérdida. Tiene además el valor añadido de ser un lugar con cierta historia. Hay incluso algún libro escrito en torno al establecimiento (concretamente una obra totalmente prescindible de un conocido catedrático de administrativo, y académico).
Al estar situada a solo unos metros del corazón jurídico del Estado (Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de lo Contencioso, Fiscalía General del Estado…) es indudable que si el amplio mostrador de Riofrío pudiese hablar, contaría muchas historias más o menos inconfesables, de esas que hacen dudar sobre la capacidad visual de la vieja y maltratada dama que sostiene a duras penas la inestable balanza. También es muy curioso que en el piso bajo de la mencionada cafetería se encuentre uno de los locales de mala nota más elegantes de la ciudad. Magistrados, letrados y hetairas conviven pues amablemente en las mismas coordenadas geográficas. Unos encima de otras. 
Esta coincidencia de togados y cortesanas le llamó mucho la atención y le hizo sonreir a un buen amigo valenciano con quien tomé un café allí el pasado sábado. Pero le dije que el asunto no tiene mucho de extraño. Por lo menos filológicamente hablando.
Porque ocurre que los antiguos romanos llamaban precisamente togas a las cortesanas. 
Togas, sí. Porque solo las rameras se atrevían a ir vestidas con toga (generalmente togas recortadas por abajo, anticipo de la minifalda). 
Las matronas y mujeres ajenas al ancestral oficio llevaban en Roma siempre estola, jamás toga. 
Hay un hermoso poema de Sulpicia, la gran poetisa romana, la feminista ante litterae que firmaba con nombre de Tibullo para que no la menospreciasen por ser mujer, en la que ella utiliza este término, toga, varias veces como mero sinónimo de meretriz. “mira tú lo que te permites, despreocupándote de mí, convencido de que no voy a caer de repente rendida como una tonta. Ocúpate de la toga y la pelleja que la lleva, cargada con su cesto, y no de Sulpicia, la hija de Servio” (“gratum est, securus multum quod iam tibi de me permittis, subito ne male inepta cadam. Sit tibi cura togae potior pressumque quasillo, scortum quam Servi filia Sulpicia”)
Así que togas y togas. En Riofrío. 

joludi:

Togas y togas.

Cuando tengo que quedar en algún sitio con alguien que no conoce Madrid, suelo indicar una cafetería de la céntrica plaza de Colón que tiene el refrescante nombre de Riofrío. Es la única cafetería de la plaza. Y aunque el sablazo está garantizado, es un lugar amplio, confortable y conveniente. No tiene pérdida. Tiene además el valor añadido de ser un lugar con cierta historia. Hay incluso algún libro escrito en torno al establecimiento (concretamente una obra totalmente prescindible de un conocido catedrático de administrativo, y académico).

Al estar situada a solo unos metros del corazón jurídico del Estado (Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de lo Contencioso, Fiscalía General del Estado…) es indudable que si el amplio mostrador de Riofrío pudiese hablar, contaría muchas historias más o menos inconfesables, de esas que hacen dudar sobre la capacidad visual de la vieja y maltratada dama que sostiene a duras penas la inestable balanza. También es muy curioso que en el piso bajo de la mencionada cafetería se encuentre uno de los locales de mala nota más elegantes de la ciudad. Magistrados, letrados y hetairas conviven pues amablemente en las mismas coordenadas geográficas. Unos encima de otras.

Esta coincidencia de togados y cortesanas le llamó mucho la atención y le hizo sonreir a un buen amigo valenciano con quien tomé un café allí el pasado sábado. Pero le dije que el asunto no tiene mucho de extraño. Por lo menos filológicamente hablando.

Porque ocurre que los antiguos romanos llamaban precisamente togas a las cortesanas.

Togas, sí. Porque solo las rameras se atrevían a ir vestidas con toga (generalmente togas recortadas por abajo, anticipo de la minifalda).

Las matronas y mujeres ajenas al ancestral oficio llevaban en Roma siempre estola, jamás toga.

Hay un hermoso poema de Sulpicia, la gran poetisa romana, la feminista ante litterae que firmaba con nombre de Tibullo para que no la menospreciasen por ser mujer, en la que ella utiliza este término, toga, varias veces como mero sinónimo de meretriz. “mira tú lo que te permites, despreocupándote de mí, convencido de que no voy a caer de repente rendida como una tonta. Ocúpate de la toga y la pelleja que la lleva, cargada con su cesto, y no de Sulpicia, la hija de Servio” (“gratum est, securus multum quod iam tibi de me permittis, subito ne male inepta cadam. Sit tibi cura togae potior pressumque quasillo, scortum quam Servi filia Sulpicia”)

Así que togas y togas. En Riofrío. 

“El pueblo es por ellos asimilado a la ‘Nación’, considerada como un ser real, distinto de los miembros que la componen. El único titular de la soberanía es ahora la nación, la cual se expresa por medio de sus representantes […]. La doctrina de la soberanía nacional es democrática en apariencia, [mas] no en la realidad, ya que puede servir para justificar prácticamente todas las formas de gobierno y en particular la autocracia” — Maurice Duverger

“Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?” — El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha

“Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política” — Papa Francisco

Endosimbiosis seriada -

La vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación. Las formas de vida se multiplicaron y se hicieron más complejas asociándose a otras, no matándolas. (Lynn Margulis)

“Los científicos han descubierto que las bacterias, además de ser las unidades básicas estructurales de la vida, también se encuentran en todos los demás seres que existen en la Tierra, para los que son indispensables. Sin ellas, no tendríamos aire para respirar, nuestro alimento carecería de nitrógeno y no habría suelos donde cultivar nuestras cosechas. Sin los microorganismos, los procesos esenciales para la vida se pararían lentamente y la Tierra sería tan estéril como Venus y Marte. Los microorganismos no han quedado rezagados en la escala evolutiva; al contrario, nos rodean por todas partes y forman parte de nosotros. Además, el nuevo conocimiento de la biología altera la visión que muestra la evolución como una competición continuada y sanguinaria entre individuos y especies. La vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación. Las formas de vida se multiplicaron y se hicieron más complejas asociándose a otras, no matándolas.” — Lynn Margulis. (Una revolución en la evolución)

Ago 17

“Los granos germinados de cebada y espelta se trituran en un mortero, y con su harina, se fabrican panes de cerveza, que una vez horneados se dejan algo húmedos en su interior y una vez fríos, se trocean introduciéndolos en jarras con agua y azúcar. Después, se le añade la levadura y cuando termina la fermentación, se trasiega en una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces estrujando la masa y guardándose el líquido final en ánforas y almacenándose en cuevas frescas”.

Papiro de Zózime. Médico de Panópolis. Egipto.

“Los granos germinados de cebada y espelta se trituran en un mortero, y con su harina, se fabrican panes de cerveza, que una vez horneados se dejan algo húmedos en su interior y una vez fríos, se trocean introduciéndolos en jarras con agua y azúcar. Después, se le añade la levadura y cuando termina la fermentación, se trasiega en una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces estrujando la masa y guardándose el líquido final en ánforas y almacenándose en cuevas frescas”.

Papiro de Zózime. Médico de Panópolis. Egipto.

joludi:

Felicidad
La felicidad exige no tener ambiciones. Quien las tiene no es feliz hasta que las materializa.
La felicidad exige no tener deseos. Quien los tiene no es feliz hasta estar saciado.
La felicidad exige no tener pasiones, ni sueños, ni esperanzas…Ni nada.
Y sobre todo, la felicidad exige no estar empeñado en buscarla. Porque tan pronto como se busca, se difumina. Y tan pronto como se cree haber alcanzado, se desvanece.
Mejor olvidarse de la felicidad. Y conformarse con la vida.

joludi:

Felicidad

La felicidad exige no tener ambiciones. Quien las tiene no es feliz hasta que las materializa.

La felicidad exige no tener deseos. Quien los tiene no es feliz hasta estar saciado.

La felicidad exige no tener pasiones, ni sueños, ni esperanzas…Ni nada.

Y sobre todo, la felicidad exige no estar empeñado en buscarla. Porque tan pronto como se busca, se difumina. Y tan pronto como se cree haber alcanzado, se desvanece.

Mejor olvidarse de la felicidad. Y conformarse con la vida.