Las leyes del arrepentimiento

joludi:

Teshuvah, el lagarto muerto y el bolso mágico.
Nadie ha escrito, (ni siquiera Montaigne), con tanta profundidad sobre las sutilezas del arrepentimiento como el judío cordobés Maimónides, allá por el siglo XII. Supongo que esto debe ser porque el arrepentimiento es el pilar central de la teología y la cultura judía, tal como sugiere la palabra misma que en hebreo designa el arrepentimiento, teshuvah, que significa retorno, vuelta del hombre al territorio divino. También es significativo que la gran fiesta anual judía, el Rosh Hashaná, que termina con el Yom Kippur, gire precisamente en torno al arrepentimiento.
Comentando la Torah, Maimónides disecciona en su Hilchot Teshuvah (Las Leyes del Arrepentimiento) la estructura interna de esa vuelta al territorio del bien: el arrepentido debe cesar en sus ofensas, abstenerse de repetirlas, lamentar sus errores, confesar con detalle y proporcionar compensación suficiente a sus semejantes por las transgresiones cometidas. Pero pone en guardia el genial cordobés respecto a quien con ligereza se se limita a confesar en público, pues esa ligereza puede ser un trasunto de una falta de sentido de la vergüenza, y en modo alguno bastarán sus palabras para determinar un verdadero arrepentimiento: “quien verbaliza su confesión sin abandonar en su corazón la voluntad de transgredir, es como quien se sumerge en un baño purificador sin soltar de su mano al lagarto muerto...”. “Solo puede considerarse de verdad arrepentido”, nos dice el sabio sefardí, “quien resiste la tentación dos veces después del arrepentimiento”. Ahora bien, esa resistencia a la tentación habrá de ser, aclara Maimónides en un curioso ejemplo, “en las mismas condiciones, con la misma mujer, en el mismo momento, en el mismo lugar…”. Entonces y solo entonces será cuando se produzca la teshuvah, pues solo en ese momento el ofensor habrá probado que es capaz de no abstenerse de una nueva transgresión por el solo efecto de su convicción, y no por el miedo o o la falta de fuerza. 
Además, la mera simpatía o candorosa benevolencia con respecto al ofendido, nos dice Moises Maimónides, no basta. Incluso en ciertas circunstancias es algo que puede agravar el alcance de la ofensa. 
Es justo lo que siete siglos  después, León Tolstoy caricaturizó en su sobrecogedor “Qué tenemos que hacer ahora”, donde el aristócrata ruso que habla en primera persona nos cuenta con supremo cinismo su forma de ver la vida: “Yo pertenezco a una clase social que mediante diversas técnicas priva a la gente trabajadora de lo que necesita, y mediante esas técnicas he conseguido proveerme de un bolso mágico (…) que me permite forzar a cientos y miles de personas a trabajar para mí como si tal cosa; y yo siento en mi interior que tengo sincera compasión hacia esa gente y que quiero ayudarla. Yo estoy sentado en la espalda de un hombre, sofocándole y haciendo que me transporte, y sin embargo, me digo a mí mismo, y digo a los demás, que lo lamento mucho, y que quiero aligerar su carga de todas las maneras posibles–excepto bajándome de su espalda”.

Las leyes del arrepentimiento

joludi:

Teshuvah, el lagarto muerto y el bolso mágico.

Nadie ha escrito, (ni siquiera Montaigne), con tanta profundidad sobre las sutilezas del arrepentimiento como el judío cordobés Maimónides, allá por el siglo XII. Supongo que esto debe ser porque el arrepentimiento es el pilar central de la teología y la cultura judía, tal como sugiere la palabra misma que en hebreo designa el arrepentimiento, teshuvah, que significa retorno, vuelta del hombre al territorio divino. También es significativo que la gran fiesta anual judía, el Rosh Hashaná, que termina con el Yom Kippur, gire precisamente en torno al arrepentimiento.

Comentando la Torah, Maimónides disecciona en su Hilchot Teshuvah (Las Leyes del Arrepentimiento) la estructura interna de esa vuelta al territorio del bien: el arrepentido debe cesar en sus ofensas, abstenerse de repetirlas, lamentar sus errores, confesar con detalle y proporcionar compensación suficiente a sus semejantes por las transgresiones cometidas. Pero pone en guardia el genial cordobés respecto a quien con ligereza se se limita a confesar en público, pues esa ligereza puede ser un trasunto de una falta de sentido de la vergüenza, y en modo alguno bastarán sus palabras para determinar un verdadero arrepentimiento: “quien verbaliza su confesión sin abandonar en su corazón la voluntad de transgredir, es como quien se sumerge en un baño purificador sin soltar de su mano al lagarto muerto...”. “Solo puede considerarse de verdad arrepentido”, nos dice el sabio sefardí, “quien resiste la tentación dos veces después del arrepentimiento”. Ahora bien, esa resistencia a la tentación habrá de ser, aclara Maimónides en un curioso ejemplo, “en las mismas condiciones, con la misma mujer, en el mismo momento, en el mismo lugar…”. Entonces y solo entonces será cuando se produzca la teshuvah, pues solo en ese momento el ofensor habrá probado que es capaz de no abstenerse de una nueva transgresión por el solo efecto de su convicción, y no por el miedo o o la falta de fuerza. 

Además, la mera simpatía o candorosa benevolencia con respecto al ofendido, nos dice Moises Maimónides, no basta. Incluso en ciertas circunstancias es algo que puede agravar el alcance de la ofensa. 

Es justo lo que siete siglos  después, León Tolstoy caricaturizó en su sobrecogedor “Qué tenemos que hacer ahora”, donde el aristócrata ruso que habla en primera persona nos cuenta con supremo cinismo su forma de ver la vida: “Yo pertenezco a una clase social que mediante diversas técnicas priva a la gente trabajadora de lo que necesita, y mediante esas técnicas he conseguido proveerme de un bolso mágico (…) que me permite forzar a cientos y miles de personas a trabajar para mí como si tal cosa; y yo siento en mi interior que tengo sincera compasión hacia esa gente y que quiero ayudarla. Yo estoy sentado en la espalda de un hombre, sofocándole y haciendo que me transporte, y sin embargo, me digo a mí mismo, y digo a los demás, que lo lamento mucho, y que quiero aligerar su carga de todas las maneras posibles–excepto bajándome de su espalda”.

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