melón con jamón, genialidad de la alquimia culinaria que yo creo tiene su verdadero origen en la Castilla cristiana, donde mezclar carne de cerdo con una fruta tan morisca como el melón se antojaba una forma conveniente y sabrosa a ala vez de aquilatar la limpieza de sangre.

joludi:

Tiempo de Melones
Cuando llega la temporada de melones, parece que la vida se hace más amable. No hay fruta tan grata a los sentidos como un buen melón, tan dulce, tan fragante, tan carnoso, tan accesible…
Yo sostengo que cierto modo, esta fruta sublime es un invento español. Entiéndase bien, lo que quiero decir es que solo gracias a los sensuales musulmanes de Al Andalus el melón volvió a entrar en Europa de forma masiva. Porque en el alto medievo no se comían melones en Europa, lo que me parece a mí que es la única buena razón por la que podríamos calificar a esa época de oscura…
Incomprensiblemente, se habían dejado de cultivar en el continente aquellos pequeños melones romanos, traídos de Armenia, que hacían las delicias de los patricios, como atestigua Apicio y consta en las paredes de Herculano. Marco Polo, es cierto, había cantado con su inconfundible elocuencia las excelencias de los melones asiáticos en su Libro de las Maravillas al igual que también lo hacían los cruzados que volvían de Oriente Medio.
Se deshacía en elogios Marco Polo sobre los míticos melones de Sapurgán, en Afganistán, que por lo visto era el Villaconejos de Asia, por así decirlo. Marco Polo nos cuenta con nostalgia que los sapurganeses dejaban secar sus maravillosos melones al sol, en medio de las calles, hasta que estas frutas adquirían “un dulzor más intenso que el de la miel”. Y los cruzados, a su vuelta, no dejaban tampoco de mostrar su nostalgia por la meliflua carnosidad de aquellas cucurbitáceas orientales, quizá entremezclada con otras dulces nostalgias no menos dulces y menos confesables…
Pero a finales del siglo XIV, ya fuera por la publicidad de Marco Polo, por los relatos de los cruzados, o por influencia del mundo morisco español, el melón ya se empezaba a cultivar apasionadamente en los huertos europeos, donde adquirió características de verdadero fenómeno sociológico. Por aquella época, era cuando los castellanos veían florecer uno de sus primeros monumentos literarios, el Libro del Buen Amor, protagonizado justamente por un melón. Un poco más tarde, en la Francia de Montaigne (que en sus ensayos nos dice que el melón es la única fruta que le gusta comer), se publica en Lyon el célebre Sommaire Traitté des Melons, del médico Jaques Pons, donde se eleva el humilde melón al rango de manjar de reyes y príncipes (es un libro que consta dedicó su autor a la princesa Catherine, gran amante de los melones, al igual que su padre, Henri III). Pons se deshace en frases encomiásticas respecto a los melones que según él son “muy apreciados y con gran deseo buscados, sobre todo en el tiempo en el que el calor excesivo impulsa a cada uno a encontrar la forma de refrescarse, que ellos proporcionan en abundancia” (“tant prisez et avec si grand desir recherchez et cheris, mesmement au temps auquel l’excessive chaleur contraint un chacun de chercher rafraischissement: duquel il sont fournis en abondance”).
Pons describe hasta cincuenta maneras diferentes de preparar el melón, entre ellas, claro está, la combinación insuperable del melón con jamón, genialidad de la alquimia culinaria que yo creo tiene su verdadero origen en la Castilla cristiana, donde mezclar carne de cerdo con una fruta tan morisca como el melón se antojaba una forma conveniente y sabrosa a ala vez de aquilatar la limpieza de sangre.
Luis XIV debió leer mucho a Pons y sus recetas, pues se sabe que hacía cultivar con sumo primor hasta siete variedades de melones en los huertos reales, bajo protección militar, y en invernaderos protegidos por cristales para hacer posible que en Versalles fuese viable esta fruta, que exige para madurar mucho calor, poca humedad y cuatro largos meses de espera…
Sí. Una fruta de reyes, los melones. La única fruta que se goza integralmente, porque además de su belleza, su sabor y su perfume, la palpamos y la oímos cuidadosamente antes de abrirla, para tratar de atisbar a priori, qué infinita ingenuidad, el enigma supremo de su dulzura.
No hay por tanto manjar más sensual que el melón. Ninguno tan noble y a la vez tan humilde y asequible. 
Deberíamos preocuparnos más de los melones y menos de la deuda. Porque ni siquiera Merkel con todo su gran poder y el Banco Central Europeo y sus exigencias de déficit, nos van a poder quitar el sublime y sencillo placer de gozar un buen melón este verano que ya se intuye. Eso, no.

melón con jamón, genialidad de la alquimia culinaria que yo creo tiene su verdadero origen en la Castilla cristiana, donde mezclar carne de cerdo con una fruta tan morisca como el melón se antojaba una forma conveniente y sabrosa a ala vez de aquilatar la limpieza de sangre.

joludi:

Tiempo de Melones

Cuando llega la temporada de melones, parece que la vida se hace más amable. No hay fruta tan grata a los sentidos como un buen melón, tan dulce, tan fragante, tan carnoso, tan accesible…

Yo sostengo que cierto modo, esta fruta sublime es un invento español. Entiéndase bien, lo que quiero decir es que solo gracias a los sensuales musulmanes de Al Andalus el melón volvió a entrar en Europa de forma masiva. Porque en el alto medievo no se comían melones en Europa, lo que me parece a mí que es la única buena razón por la que podríamos calificar a esa época de oscura…

Incomprensiblemente, se habían dejado de cultivar en el continente aquellos pequeños melones romanos, traídos de Armenia, que hacían las delicias de los patricios, como atestigua Apicio y consta en las paredes de Herculano. Marco Polo, es cierto, había cantado con su inconfundible elocuencia las excelencias de los melones asiáticos en su Libro de las Maravillas al igual que también lo hacían los cruzados que volvían de Oriente Medio.

Se deshacía en elogios Marco Polo sobre los míticos melones de Sapurgán, en Afganistán, que por lo visto era el Villaconejos de Asia, por así decirlo. Marco Polo nos cuenta con nostalgia que los sapurganeses dejaban secar sus maravillosos melones al sol, en medio de las calles, hasta que estas frutas adquirían “un dulzor más intenso que el de la miel”. Y los cruzados, a su vuelta, no dejaban tampoco de mostrar su nostalgia por la meliflua carnosidad de aquellas cucurbitáceas orientales, quizá entremezclada con otras dulces nostalgias no menos dulces y menos confesables…

Pero a finales del siglo XIV, ya fuera por la publicidad de Marco Polo, por los relatos de los cruzados, o por influencia del mundo morisco español, el melón ya se empezaba a cultivar apasionadamente en los huertos europeos, donde adquirió características de verdadero fenómeno sociológico. Por aquella época, era cuando los castellanos veían florecer uno de sus primeros monumentos literarios, el Libro del Buen Amor, protagonizado justamente por un melón. Un poco más tarde, en la Francia de Montaigne (que en sus ensayos nos dice que el melón es la única fruta que le gusta comer), se publica en Lyon el célebre Sommaire Traitté des Melons, del médico Jaques Pons, donde se eleva el humilde melón al rango de manjar de reyes y príncipes (es un libro que consta dedicó su autor a la princesa Catherine, gran amante de los melones, al igual que su padre, Henri III). Pons se deshace en frases encomiásticas respecto a los melones que según él son “muy apreciados y con gran deseo buscados, sobre todo en el tiempo en el que el calor excesivo impulsa a cada uno a encontrar la forma de refrescarse, que ellos proporcionan en abundancia” (“tant prisez et avec si grand desir recherchez et cheris, mesmement au temps auquel l’excessive chaleur contraint un chacun de chercher rafraischissement: duquel il sont fournis en abondance”).

Pons describe hasta cincuenta maneras diferentes de preparar el melón, entre ellas, claro está, la combinación insuperable del melón con jamón, genialidad de la alquimia culinaria que yo creo tiene su verdadero origen en la Castilla cristiana, donde mezclar carne de cerdo con una fruta tan morisca como el melón se antojaba una forma conveniente y sabrosa a ala vez de aquilatar la limpieza de sangre.

Luis XIV debió leer mucho a Pons y sus recetas, pues se sabe que hacía cultivar con sumo primor hasta siete variedades de melones en los huertos reales, bajo protección militar, y en invernaderos protegidos por cristales para hacer posible que en Versalles fuese viable esta fruta, que exige para madurar mucho calor, poca humedad y cuatro largos meses de espera…

Sí. Una fruta de reyes, los melones. La única fruta que se goza integralmente, porque además de su belleza, su sabor y su perfume, la palpamos y la oímos cuidadosamente antes de abrirla, para tratar de atisbar a priori, qué infinita ingenuidad, el enigma supremo de su dulzura.

No hay por tanto manjar más sensual que el melón. Ninguno tan noble y a la vez tan humilde y asequible. 

Deberíamos preocuparnos más de los melones y menos de la deuda. Porque ni siquiera Merkel con todo su gran poder y el Banco Central Europeo y sus exigencias de déficit, nos van a poder quitar el sublime y sencillo placer de gozar un buen melón este verano que ya se intuye. Eso, no.

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